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el pandemonium

Pues porque no, por eso

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El pasado viernes se publicó en el suplemento El Cultural de El Mundo una crítica del libro Lágrimas socialdemócratas de Santiago González. Hay una frase del texto que me llama la atención:

Si alguien se identifica con el sexo opuesto al que pertenece por nacimiento, ¿por qué debería negársele reconocimiento legal a su identidad subjetiva?

¿Ustedes no odian esas preguntas absurdas cuya respuesta debería ser obvia para cualquier ser humano, pero que te obligan a desplegar un agotador y elaborado razonamiento?

Vayamos por partes.

Se identifica“. Es decir que no estamos hablando de una patología real, medicable, operable o tratable psiquiátricamente, sino de una simple simpatía subjetiva por el sexo opuesto. Como ustedes pueden identificarse con el pato Donald o con Napoleón en el campo de batalla de Waterloo, por ejemplo. Y si el periodista no se ha expresado bien y está hablando, por ejemplo, de hermafroditismo o de transexualidad, entonces… ¿por qué darle cobertura legal a una patología? ¿Acaso llevamos un registro de todos aquellos que nacen con alguna pequeña mutación genética, como si pertenecieran una categoría jurídica diferente a la del resto de los ciudadanos? Y si, como algunos defienden, la transexualidad no es una patología, ¿por qué debería el estado financiar operaciones de cambio de sexo? Y aún más: ¿tiene la transexualidad respaldo científico o entra dentro de la misma categoría vaporosa de las fibromialgias, los estreses, las ansiedades y demás enfermedades acuñadas por el marketing del malestar general? Habrá que analizar el tema utilizando el método científico, digo yo. Más que nada para no darle argumentos a aquellos que creen que la transexualidad se cura con una hostia de esas que te hacen crecer la barba de golpe.

 

 

Al que pertenece por nacimiento“. Ah, qué poético intento de manipular la realidad utilizando el verbo neocon pertenecer, que alberga en su interior otro malvado concepto neocon: el de la posesión. Según el periodista, usted pertenece por nacimiento a un sexo determinado como quien nacía esclavo en la Antigua Grecia: porque otros lo han decidido por usted. Hombre, es una manera de verlo. Ojo que no estamos hablando de características externas fácilmente modificables, como el color y el estilo de nuestra vestimenta o el largo de nuestro pelo: estamos hablando de características determinadas por la genética. Estamos hablando de alguien que se niega a aceptar su sexo como quien se niega a aceptar los dedos de sus manos porque a él el número 10 le da mal rollo y le gusta más el 7. Por supuesto que este tipo tiene derecho a amputarse en su casa y con un cuchillo jamonero los tres dedos que subjetivamente le sobran, pero… ¿debería el estado financiarle la amputación y/o reconocerle legalmente su identidad de ser humano reacio al número diez?

Reconocimiento legal“. La madre del cordero. El periodista no habla de que no se les deba tirar piedras por la calle a aquellos que se sienten hombres atrapados en el cuerpo de mujeres o viceversa. O de que no se les deba linchar. O de que no se les deba impedir llevar una vida corriente y moliente como la de cualquier otro ciudadano. En resumen: no habla de un derecho humano elemental apoyado, obviamente, por una amplísima mayoría de los seres humanos civilizados. Habla de un reconocimiento superior, sancionado legalmente y portador de no se sabe qué efectos jurídicos más allá de que quede constancia escrita en un documento oficial de que un tipo determinado “se siente” mujer. Mi pregunta es… ¿y para qué necesitamos eso? Quizá deberíamos repensar cuál debe ser el ámbito de actuación de los poderes públicos en una democracia del Primer Mundo, pero parece obvio que el ordenamiento legal debería estar para cosas más serias e importantes que nuestras identidades subjetivas.

Identidad subjetiva“. Lo más gracioso. El subjetivismo, ese lío. Subjetiva es tu nacionalidad, que se te confiere en base a la acción de seres humanos con nombres y apellidos y a unas circunstancias históricas, políticas y geográficas no aleatorias, pero claramente caprichosas, al menos desde tu punto de vista como actor pasivo de los acontecimientos. Objetivo es tu sexo o el hecho de que tengas dos pulmones en el pecho y no dos berenjenas. ¡No nos da problemas nuestra batalla diaria con la historia como para ponernos a batallar también con la evolución!

Llevado este razonamiento a su conclusión lógica, deberíamos aceptar que los padres sordos puedan seleccionar genéticamente hijos sordos. A fin de cuentas, muchos sordos consideran que la sordera no es una patología o una discapacidad, sino una característica inofensiva más, como el hecho de nacer con los ojos azules o castaños. De hecho, hasta se habla de una Cultura Sorda, cuyos miembros llegan a exigir que la palabra Sordo se escriba así, con mayúscula. Y es que muchos sordos consideran la sordera como una identidad subjetiva. Visto así: ¿por qué no debería permitírseles seleccionar genéticamente a un hijo enfermo, descartando los embriones perfectamente sanos? Échenle un vistazo a este link y muy especialmente a esta frase: “Lo celebramos cuando supimos de la sordera de Molly” (el primer hijo de la pareja de la que habla la noticia). Creo que es la frase más atroz que le oiré pronunciar jamás a unos padres.

Pero vaya, como ya digo, andar a estas alturas de la vida explicando obviedades es la señal de que la tontería ambiente amenaza con llevarse hasta el último rastro de inteligencia cual ola gigante.

 

[Una portada dibujada por Robert Crumb en 2009 para The New Yorker. Fue rechazada, obviamente]

 

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Written by cristian campos

13 noviembre, 2011 a 7:01

Publicado en política

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3 comentarios

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  1. El redactor sucumbe, aunque lo entiendo.

    Mire usted, señor Campos. Es usted un opresor opresivo.

    Yo llevo años a disgusto en este cuerpo occidental blancuzco y con lorzas. Mis amigas prefieren a los negritos sabrosones que bailan salsa. Y a mí que me den. Así empezó todo.

    Yo no soy blanco. De hecho soy negro. Haber nacido blanco es un accidente del que no tengo culpa. Un infortunio del gen. Mi identidad subjetiva es el actor porno Mandingo. El señor del vídeo. http://www.youtube.com/watch?v=9zucySVhzTc

    El Estado me ha oprimido dándome un dni que no es el mío. Mis padres me dieron una faz que no es la mía. Y el gen del infortunio me dio un atributo menor del que me pertenece. Es mío. El atributo.

    Vistos los hechos, pido. No, exijo que el Estado me proporcione un atributo acorde con mi identidad subjetiva. Exijo que a partir de ahora se me llame Mandingo Pérez de Archidona. Y exijo que mis descendientes sean tocados en su gen para que -en ningún caso- su masculinidad disminuya de 20 cms, longitud a partir de la cual se puede alcanzar la felicidad. La mía al menos.

    From now on, I want you to call me Mandingo.

    La opresión.

    Juan Pablo Arenas (@arenasjp)

    13 noviembre, 2011 at 18:07

  2. Cierto, cierto: tanto dar el coñazo con eso de “todos somos Rubianes” cuando en realidad… ¡todos somos mandingos!

    ¡Mandinguidad para el pueblo! ¡No hay pan para tanto mandingo!

    cristian campos

    13 noviembre, 2011 at 19:36

  3. Pshé, yo propongo aceptar la feliz idea progresista, que todos los hombres pidamos reconocimiento legal de pertenecer al sexo femenino (por cuestiones subjetivas, sin cirugías ni rollos), y aprovechar las ventajas jurídicas que nuestro nuevo estatus de mujer nos otorga. A ver cómo justifica el Estado que no se me trate como una mujer en los juzgados: igualdad de penas, desgravaciones fiscales para las empresas que nos contraten, custodia en igualdad de condiciones… En fin, yo quiero que toda esa parafernalia paternalista me beneficie como mujer que soy (lesbiana, eso sí). Y si no se me trata igual, pues está claro que se trata de una clarísima discriminación por cuestión de opción sexual.

    8888

    14 noviembre, 2011 at 10:58


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