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el pandemonium

Mordiendo la mano que te da de comer

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El barcelonés medio es medio lelo.

Entiéndanme: yo soy barcelonés. Charnego, pero barcelonés. Y como todo barcelonés, ando por el mundo presumiendo de ciudad. Más que presumiendo, ingenuamente convencido de que Barcelona es uno de los pocos rincones de este planeta en los que, molestos provincianismos aparte, se puede vivir feliz. Las barcelonesas muestran menos síntomas de histerismo, irritabilidad y tendencia a causar problemas que las taradas de las francesas; en los quioscos puedes encontrar un escaso pero razonable surtido de revistas estadounidenses; y las tapas suelen ser decentes, rectas y cabales, a diferencia de esos llenapanzas vascos llamados pintxos.

A mí me gusta Barcelona. Sin ñoñerías, pero también sin reproches impostados. Me llevo bien con ella. Como con una novia de larga distancia: sin sexo pero con cariño. Sexo sin amor sería Los Angeles, o Tokyo, o Bangkok. Por eso me jode comprobar una y otra vez que una ciudad insufrible como Berlín, en realidad una guardería para oligofrénicos con pretensiones de artista y con un clima vomipurgativo, se lleva el reconocimiento que merecería Barcelona.

[Conozco (de lejos) a unas 10 o 12 personas que se han mudado a Berlín o que pasan largas temporadas allí. Uno de ellos es un genio. Otro tiene talento. El resto son mochos.]

Y sí, es cierto: en el extranjero te aplauden cuando dices que eres del Barça. Lo de la ciudad viene por añadidura. Y suerte tenemos de que a la ciudad le pusieron el mismo nombre que el club de fútbol. Yo, de niño, pensaba que Betis era una ciudad. Así de crudas estaban las cosas. Deduzco que si el FC Barcelona se llamara FC Belcebú, en el extranjero dirían cosas como “qué bonita es la Sagrada Familia de Belcebú“.

En serio.

También es verdad que años y años de propaganda han hecho mella en mí, convenciéndome de que Barcelona es una especie de metrópolis de relevancia internacional, un trasunto de París, Seúl, Nueva York o Hong Kong, pero más simpática y benévola. Ya saben: con (casi) toda la cultura decadente y la belleza ostentosa y las vibraciones cosmopolitas y aristocráticas de un Londres, pero sin el agobio y las urgencias y el estrés y la tontería. Es una exageración, claro, pero como todas las exageraciones tiene su punto de verdad. Lo que salva a Barcelona es el hecho de no estar en el meollo de nada. Nadie nos espera y, por lo tanto, nadie ha de correr demasiado para llegar a ningún lado.

En realidad, lo que tiene Barcelona es encanto. Un encanto leve, amable, esponjoso y laxo. Ese es su principal atractivo. Al encanto contribuyen todas aquellos atributos que no dependen del barcelonés medio: su tamaño, manejable pero no tanto como para acabarte la ciudad en un día; su clima, húmedo e insoportable desde junio hasta septiembre para cualquier ser humano nacido normal, pero definitivamente goloso para los extranjeros; el mar, que evita la claustrofobia de ciudades como Madrid y que te ahorra tener que garrulear bañándote en un río; su gastronomía, sin discusión, y de largo, la mejor del mundo; y, en el terreno del ocio, un esnobismo colosal que nos hace inaugurar bares, restaurantes y clubs a un ritmo superior al del Sunset Strip de Los Angeles. Al menos hasta antes de la crisis. En Barcelona montamos el Sónar y todos los modernos de Europa, esos miserias, se dan de hostias para conseguir una acreditación. En el resto de España deciden imitar el Sónar y les sale una rave para cyberhippies de bocadillo de chorizo y pasti chunga al que no enviarías de corresponsal ni a tu perro.

En contra de Barcelona juega su irrelevancia económica y empresarial, y el carácter barcelonés, antipático, aldeano, victimista y quejicoso hasta la náusea.

En cuanto a su irrelevancia económica y empresarial, basta con decir que la joya de la corona de la ciudad, la escuela de negocios en la que se ha educado buena parte de la elite de la ciudad, fue creada durante el franquismo. Estoy hablando de ESADE, claro. Lo que quiero decir es que llevamos ya 30 años de democracia, 60 de una de las escuelas de negocios más prestigiosas del mundo, y seguimos en las mismas: el barcelonés desprecia al innovador, aborrece el cambio, se regodea en el inmovilismo y considera que la limitación de horarios comerciales es una conquista social. El barcelonés tiene nostalgia de aldea, en definitiva. El futuro, la ciudad y la épica le quedan grandes.

En cuanto al carácter del barcelonés medio… bueno… supura la amargura y el resentimiento del que se sabe apartado del flujo del mundo. Es la mala hostia que suele destilar aquel que ha crecido con conciencia de ombligo cuando se topa de bruces con la realidad de un planeta al que le importa un carajo lo que él piense, diga o haga.

He de reconocer que he mentido antes, cuando he insinuado que en el extranjero nadie conoce Barcelona. Los turistas que han pasado por la ciudad sí la conocen. La conocen y la recuerdan. No exagero si digo que más de la mitad de los extranjeros que me hablan de Barcelona acaba diciendo que le gustaría vivir en ella. Si hay algo en lo que Barcelona es una potencia mundial, de hecho la única cosa en la que Barcelona es una potencia mundial, es en atractivo turístico. Cada turista que ha pasado por Barcelona es un embajador de la ciudad en el extranjero. He oído a turistas hablar mal de Roma, de Praga, de Kyoto, de Lisboa, de El Cairo, de Tel Aviv… pero de Barcelona sólo en muy, muy raras ocasiones. Barcelona es una ciudad que, sea por las razones que sea, reales o no, se deja idealizar fácilmente por el visitante de paso. Barcelona, en definitiva, vive del turismo y de su encanto a primer golpe de vista, como una chica guapa a la que sólo le falta hablar para parecer humana.

Pues bien, todo lo anterior viene a cuento de esto:

 

 

Esto es muy barcelonés: un grupo de barceloneses ociosos y emprenyats (cabreados) intentan que el Ayuntamiento se cargue la gasolinera de la ciudad, es decir el turismo. “No se trata de ponerse en contra del turismo“, dicen. Y se les entiende todo: excusatio non petita, accusatio manifesta. En realidad, lo que quieren los comerciantes de la ciudad es más turismo. Mucho más turismo. Toneladas de turistas. Pero como buenos ingenieros sociales, como buenos totalitarios, estos salvapatrias de Tornem a la Rambla dicen hablar en nombre de aquellos a los que ni siquiera han consultado. Y pretenden cargarse el turismo del que se nutre la ciudad.

El vídeo de este link tiene tela. En él aparece, entre otros, un tal Andrés Antebi, antropólogo y documentalista, que habla de “la obsesión de los gestores municipales por hacer de La Rambla y de toda la ciudad un espacio controlado, de ocio, transparente y sin conflictos“.  Y ojo, que lo está criticando. Por lo visto, Barcelona debería ser, según él, un templo del descontrol, del aburrimiento, opaco y conflictivo.

Jauja, vamos. Un estercolero para perroflautas y borrachos de barrio.

A la Rambla del turismo la llaman “un circo y una feria chabacana (…) un paradigma de la cultura de la codicia“.

¿Pero en qué siglo vive esta gente? ¿La codicia? A ver si nos van a poner a rezar un padrenuestro laico por nuestros pecados capitalistas… ¡Que el socialismo cayó hace ya 20 años, colegas! La historia lo metió donde debía haber estado siempre y tiró de la cadena. Ahora anda por ahí, atascado en la reja de alguna cloaca de desagüe, mordisqueado de tanto en cuanto por alguna rata famélica empapada de orín, crema deshidratante caducada y aceite de motor.

Chabacano, dicen. Barcelona ha padecido durante los últimos años el gobierno más chabacano que uno pueda tirarse a la cara. Imagínense: estaba formado por socialistas acomplejados, comunistas en bicicleta e independentistas de pueblo. Con eso está todo dicho. Un gobierno de pedagogos, de psicoanalistas, de antropólogos, de sindicalistas y de lingüistas. Eso la elite. El resto salía de alguna ONG solidaria de esas en las que trabajar, lo que se dice trabajar, sólo trabajaba la mujer de la limpieza. Por no hablar de su nivel intelectual. Dios mío: los oías hablar y te parecía que estabas viendo un reportaje sobre la matanza de Puerto Hurraco. Su urbanismo atroz ha hecho todo lo posible por aniquilar la ciudad. Sus viviendas de protección oficial, edificadas según el modelo albano, deberían considerarse terrorismo urbanístico. Échenle un vistazo a los bajos de esas viviendas: algo tan inhumano y bárbaro como eso sólo puede tener como objetivo demoler el tejido comercial urbano de la ciudad en beneficio de los mercadillos hippies de basura artesanal y del top manta. También dice mucho de su coherencia intelectual y política que los diferentes gestores municipales de izquierdas hayan construido los edificios más horrendamente atroces que jamás hayan visto ojos humanos, auténticos engendros arquitectónicos de cemento, carpintería de aluminio y mugre, y se los hayan regalado a los obreros y a los emigrantes. Estos les corresponden tirando la basura por la ventana, un deporte que en mi ciudad sólo se practica en viviendas de protección oficial y que suele dejar estampadas en el asfalto unas obras de arte radical que ni en el MOMA de Nueva York. De hecho, los progresistas ni siquiera le suelen poner balconcitos a los edificios de sus obreros. Una reja y basta. Y eso en una ciudad en la que el 90% de los días brilla un sol africano y donde la terraza debería ser un derecho humano reconocido por el ayuntamiento. Por otro lado, la tolerancia de los progresistas con la delincuencia y su afán por congraciarse con los vándalos, siempre que fueran vándalos de izquierda o exóticos, ha arrasado barrios enteros de la ciudad. Estos chabacanos han fomentado una cultura de vuelo gallináceo, vanguardismo para la tieta Pepeta y buenismo hipócrita a troche y moche. Una masa amorfa de beatería obrera, hipocresía de hijo de la portera, soberbia agro e incompetencia manifiesta.

[Hablando de tietas Pepeta: Barcelona es la única ciudad del mundo en la que las abuelas llevan gafas rojas de pasta y van al cine con las amigas a ver la última de David Lynch. Eso también es muy barcelonés y digno de admirar: tenemos las abuelas más surrealistas y moderniquis del Planeta Tierra.]

Chabacano, dicen. ¿Qué sabrán estos lo que es chabacano? Sólo hay que ver la ciudad que han dejado. No hablarían tanto si se les obligara a limpiar lo que han ensuciado.

Los de Tornem a la Rambla, por cierto, pasan de puntillas por  la delincuencia tradicional que se había apropiado de la parte baja del paseo y que ahora ronda por la zona baja del Raval. Critican a puerta gayola al turista burgués de día, el que pasea, compra en el Mercado de la Boquería, se da una vuelta con los niños por el centro histórico de la ciudad, explora el mercado de Santa Caterina y sus alrededores, y vuelve al hotel. Delincuencia quieren la justa, la de toda la vida, para que ellos puedan pasear sin aglomeraciones. Progresismo en estado puro, vaya.

¿Soy el único al que le da vergüenza, y cuando digo vergüenza digo vergüenza de la de verdad, no de la retórica, que Barcelona sea la única ciudad de España en la que los socialistas lograrán un resultado si no bueno, si digno, en las próximas elecciones generales? Una ciudad que vota socialismo es una ciudad en decadencia. Una ciudad que vota ESTE socialismo, el de ZP, Rubalcaba, González, Chacón, Pajín, Blanco, Hereu y Escarp, sobre todo el de la Escarp, es una ciudad que sufre un serio síndrome de Estocolmo.

En definitiva: lo que más miedo da de Barcelona son los propios barceloneses. Por cada barcelonés con iniciativa y con talento y con ganas de trabajar para tirar adelante su vida sin pedir limosna ni que le toquen las narices hay 200 barceloneses capaces de montar una manifestación sobre un tema que ni les va ni les viene con el simple objetivo de joder la marrana. Son esos barceloneses que, como estos de Tornem a la Rambla, muerden la mano que les da de comer. O esos barceloneses que se manifiestan en contra de las recientes redadas policiales en el centro de Barcelona, esas redadas que han logrado por primera vez tras muchos años de respeto exquisito por los derechos humanos de los chorizos que se pueda pasear tranquilo por el centro de la ciudad. Y eso gracias a CiU y al PP: al César lo que es del César. Son esos barceloneses que la lían gorda cada vez que desalojan a un puñado de okupas italianos y argentinos de algún edificio repleto hasta las trancas de basura. O los que revientan y pintan los escaparates de los nuevos comercios que se instalan en la ciudad: “fuera de aquí, pijos“, le dicen a los pequeños empresarios que intentan dinamizar comercial y económicamente zonas del Raval en las que hace unos años ni siquiera entraba la policía. Son los mismos que insultan a la policía desde los balcones de sus casas. Esos valientes.

Son esos barceloneses a los que, aprovechando la crisis y al contrario de lo que hacen los Marines con sus soldados heridos, deberíamos dejar atrás y abandonar a su suerte. Con su ruina moral y económica, sus obsesiones de asistente social metomentodo y su rebequita de beata de izquierdas. Y con su término medio, tan progresista, tan sano, tan contemporizador, tan uniforme: puestos a escoger, prefiero una Rambla decadente y pútrida sacada de una canción del Lou Reed de los años 70, macarra, durísima, inclemente, que huela a esperma y a sangre, de trileros y policías corruptos, de navajazo y tentetieso, mierda y roña, putas y travestis, salmonelosis y sífilis, trapicheo y miseria, suelos pegajosos e hijos de la grandísima puta sin nada que perder. Hay más vida en este cuadro miserable que en todas las utopías progres habidas y por haber.

Y por cierto: no les queda quina que tragar. Porque su Barcelona ya no es suya. Ahora es la Barcelona de los burgueses de toda la vida, esos que lo pagan todo al contado porque tirar de VISA es de horteras y que tuercen el gesto cuando ven a un progre acarreando su mal gusto en el vestir como un fantasma sus cadenas.

Y también es la Barcelona de los obreros de derechas, no nos olvidemos de los obreros de derechas, que ya son más que los otros.

A joderse, majos.

 

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Written by cristian campos

8 noviembre, 2011 a 7:01

11 comentarios

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  1. A tí, lo que te gusta es la Barcelona de Carvalho.
    Pues me temo que, como no se invente una maquina del tiempo…

    Brandelmosca

    8 noviembre, 2011 at 13:22

    • O la de Genet y Pieyre de Mandiargues…
      Lo primero que vi de Barcelona fue precisamente Las Ramblas. Desde el puerto pa’rriba, que acababa de llegar con mis padres en uno de aquellos paquebotes que desde hace décadas ya no cruzan el charco. Yo acababa de cumplir siete años, y le pregunté a mi padre qué significaban aquellos letreros que veía a lado y lado del paseo: ‘Gomas y Lavajes’…
      Así que Barcelona, que recuerdo cada día con nostalgia dulce y amable, también fue mi primer encuentro con el sexo sin complejos.
      Genial lo de la ‘rebequita de beata de izquierda’…

      Ana Nuño

      8 noviembre, 2011 at 15:09

  2. Madre mia, la ha vuelto usted a clavar. Un equipo de furbol, un festival de bakalao moderno, abuelas gafapasta roja que van a ver las de David Lynch… y a presumir (o vender la moto, como usted prefiera) porque no hay ciudad más “moderna” en el mundo conocido, ninguna que pueda afirmar sostenerse sobre tres pilares de este calibre a la hora de garantizar el bienestar de su ciudadanía. Esa Barna en la que escarbas un poco y es como su barrio gótico (casi entero del XIX), puro decorado mitificado.

    Solymoscas

    8 noviembre, 2011 at 16:48

  3. Joer, una entrada sobre Barcelona… ¿Qué puedo decir? Porque algo tengo que decir si el tema es Barcelona… y a mí no me gusta hablar de mí. Pero bueno, allá voy: pues yo también soy de Barcelona. Y tampoco tengo pedigrí. Pero yo me fui de allí con 16 años (unos años después de la muerte del generalito), y ya no he vuelto. Quiero decir volver a vivir allí, claro, no de «visita». Desde entonces he vivido en algunas partes de España y de Europa (sí, los nombro por separado). Ah, y también soy del Barça, aunque me importe un pito el fútbol: ¿cómo podía un niño de Barna no ser del Barça en los tiempos de Cruiff?

    Aunque de visita no voy mucho, siempre ha sido para descubrir amargamente que Barcelona aún me gusta menos que la vez anterior. Hoy en día Barcelona para mí es lo mismo que para los turistas: el «Parque Temático Gaudí». A veces creo que sin Gaudí esta ciudad ni saldría en el mapa. Las pocas veces que he vuelto ha sido para enseñársela a algunas amistades, casi siempre extranjeras, y siempre obsesionadas con ver Gaudí (y comer en Los Caracoles). Siempre quieren verla conmigo: «tu eres de allí» me dicen, sin saber que yo no tengo pedigrí (a ver cómo se lo explicas…). Y tarde o temprano llega siempre… la visita al parque Güell, donde de niño iba con mis hermanos a jugar al fútbol, a alquilar una bici para dar vueltas como un tonto a una rotonda, y, al volver a casa, a trepar al lagarto. Quién me iba a decir a mí que ese bicho iba a estar algún día lleno de japoneses haciendo más fotos que a las pirámides de Gizah. Que ese parque sucio y descuidado, que siempre olía a orines por todas las esquinas, iba a ser algún día algo así como La Meca.

    Pues eso, Barcelona para mi es la ciudad de mi infancia. Todo, absolutamente todo lo que tenga que ver con la infancia, es Barcelona. La «verdadera» Navidad, los «verdaderos» cumpleaños con mis amigos, las tormentas con rayos y los consiguientes apagones, los partidos en el colegio, las excursiones, el cine Bosque, jugar con barquitos en el estanque de la antigua plaza Lesseps, y mil cosas nimias más (como el olor a orín antes mencionado…). Incluso mi primera «novia» (a mis 15 años) fue en Bracelona (que, cómo no, se llamaba Montse y, qué cosas, ahora me hace gracia el nombre…). Y cuando vuelvo y veo que es otra ciudad perrofláutica más del Mediterraneo, como las italianas… qué pena siento. Pero así son las cosas: si cuando yo era niño todo el mundo ya era de un super-progre de campeonato ¿qué otra evolución se podía esperar?

    El caso es que mis padres, tras coger los bártulos y largarse de aquella progrelandia de libro (donde ya me habían empezado a dar las clases de Lengua Española en catalán…), sabiamente nos mandaron a mis hermanos y a mí a estudiar fuera de España. Y dejé de ser de pueblo para siempre. De hecho, dejé de ser de algún sitio para siempre.

    Rey Narmer

    8 noviembre, 2011 at 17:16

  4. Soy de Madrit y solo tengo una visión turística de Barcelona, por lo tanto sesgada, pero voy a contarte una anécdota que me ocurrió hace unos años; aburridos de esperar cola para entrar a una exposición sobre arquitectura un tipo se puso a charlar conmigo, resultaba que era un arquitecto brasileño que había vivido en Barcelona varios años y conocía bastante bien Madrid, no sé cómo terminamos hablando sobre la típica y tópica rivalidad Madrid-Barcelona: para él Barcelona era una ciudad más amable y abierta que Madrid, a la que consideraba fría y gris pero por contra la opinión que tenía sobre sus habitantes era totalmente diferente, contaba que los barceloneses eran muy cerrados, que establecían una barrera que era casi imposible cruzar, mientras los madrileños éramos más amables y abiertos, ante esta aparente contradicción me aportó su particular teoría que a mí me chocó bastante en un principio, para él ciudades y habitantes estábamos intercambiados, a los madrileños nos pegaba más vivir en Barcelona y a los barceloneses en Madrid; tú me dirás si su punto de vista tiene algún sentido para ti.

    LuisR

    8 noviembre, 2011 at 18:28

    • Pues tiene todo el sentido del mundo: es radicalmente cierto.

      cristian campos

      8 noviembre, 2011 at 20:26

    • Curiosa idea, sí señor. Me recuerda a aquello de (creo) Mariscal de que lo malo de Barcelona es que está llena de catalanes.

      Pobres catalanes, que poco nos aprecian. Si al fin y al cabo, como buenos intelectuales españoles que somos… ¡lo único que queremos es ser franceses!

      Rey Narmer

      8 noviembre, 2011 at 22:34

  5. Eres tan absolutamente genial! cómo disfruto leyéndote

    M

    8 noviembre, 2011 at 22:31

  6. Yo no vivo del turismo. Bueno, ni del turismo ni de casi nada, pero, en fin, ése es otro tema.
    Por ello, por no vivir del turismo (no, indirectamente tampoco) puedo despotricar de los guiris que me hacen bajar de la acera y me preguntan sin para por el parque Güell o la Casa (aviso,no quieren decir la Pedrera, sino la Batlló). Y puedo por ello estar totalmente de acuerdo con los progres a los que usted critica.
    Y es que, en los días en que me decido bajar de la Gran Vía (lo de la Diagonal es otro mito de pijo y no puedo), me resultan mucho más agradables como decorado de paseo la mercería rónica, el bar-fórmica con patatas bravas tóxicas o la ferretería con escaparate conteniendo tan sólo tres bombillas, de las que dos fundidas. Para ver Zaras, Starbucks y tiendas limpias, con mercancía que, de poder, te comprarías, me voy a otros sitios , a hacer yo de turista. ¡Si hasta la calle Pelayo, con el mérito que había tenido mantener, durante tantos años, un lugar tan cochambroso en el mismito centro de la ciudad, se han cargado!
    Por eso, lamento haberme enterado demasiado tarde de ese paseo que usted comenta y que tanto prometía. Sólo me queda esperar a que lo repitan. Sin duda me enseñarán mil y un rincones pestilentes que me habían pasado desapercibidos y, con algo de suerte, me atracará un yonqui con hipodérmica ensangrentada. Ya estoy cansado de tanto rumano, que no sabe ni robarte en español.

    claudio

    10 noviembre, 2011 at 12:40

  7. Vivo en Barcelona desde hace 2 años y no conozco la ciudad todo lo bien que debiera, pero mi impresión de Barcelona es contradictoria. Por una parte es una ciudad indiscutiblemente bonita, bastante limpia y que se recrea en sí misma (creo que en algún punto del Tibidabo, Montjuic o el Guinardó la ciudad se pajea autocontemplándose). Pero más allá de la arquitectura y la fisionomia, es una ciudad que, como bien dices, vive en la irrelevancia económica. Y esta contradicción creo que vuelve a ciudadanos y políticos algo tarumbas.

    Viví algún tiempo en Seúl y mi sensación era la contraria. Una de las primeras semanas allí me fui al equivalente coreano de Montjuic y mi impresión de la ciudad fue muy negativa: un mundo de asfalto, construcciones sin gracia y polución. Al cabo de unos meses, seguía viviendo en un amasijo de asfalto, pero veía que la economía era dinámica. Abrían y cerraban comercios con una facilidad asombrosa. Encontrabas cafeterías con encanto, buen servicio en todas partes, tiendas abiertas 24 horas, niños estudiando inglés hasta las 23:00h…No quiero idealizarlo, pero era otro mundo.

    Barcelona no es consciente de su lugar en el mundo. Es el Disneyworld de japoneses, coreanos y alemanes, pero pretende ser algo más y descuida el turismo: el servicio es pésimo, la seguridad (en crímenes “menores”) muy pobre y francamente es delirante ver a las japonesas en Passeig de Gracia un domingo confusas, con el dinero en la mano, queriendo comprar algo en una tienda que no conciben cómo puede estar cerrada. Vaya manera más absurda de hacernos el haraquiri comercialmente.

    En cualquier caso, Barcelona tiene una magia especial para el turista. Eso es incuestionable. Cuando estaba en Asia, lo primero que me decían cuando se enteraban que era español era “He ido/quiero ir a Barcelona”. Muy pocos mencionaban Madrid o cualquier otra cosa de España más allá de toros y paella.

    Creo que el nacionalismo catalán ha hecho daño a la ciudad. Se han obstinado en promover la catalanidad de la ciudad, cuando para el mundo Cataluña es igual de relevante que Albacete. Creo que si se dedicasen a promover Barcelona les habría ido mucho mejor porque Cataluña es una mierda (toda España lo es en conjunto), pero Barcelona, no. La idea de una Cataluña independiente es terrible porque uno se la imagina gobernada por una manada de catetos, pero la idea de una Barcelona independiente es más reconfortante. Sinceramente, creo que les habría ido mejor si hubiesen dejado el burro y la sardana y en su lugar se hubiesen dedicado a escribir panfletos independentistas en inglés y reivindicasen la diferenciación del resto de España en base al Sonar, Primavera Sound y el montón de gafapastas que vienen a la ciudad como becarios a una empresa de 3ª porque BCN es cool. Un independentismo urbanita, gafapasta y anglófilo sería más agradecido para todos.

    Por cierto, humildemente pido al autor de este blog que escriba alguna entrada sobre Gaudí. Personalmente, creo que Gaudí es a la arquitectura lo que la Comic Sans es a la tipografía, pero me gustaría conocer su opinión.

    Díos mío, vaya tocho. Disculpas por el atraco,

    whitard

    12 noviembre, 2011 at 18:16

  8. De tocho nada, ya sabes que este blog son en realidad dos blogs paralelos: el del autor y el de los comentaristas, que de vez en cuando nos regalan comentarios como el tuyo. Y no puedo añadir mucho más a lo que dices sobre Barcelona: lo has clavado.

    Lo de Gaudí y la Comic Sans es una genialidad. Y cierta, para más inri.

    cristian campos

    12 noviembre, 2011 at 19:07


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