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el pandemonium

La pesadilla femenina: una entrevista con Susan Faludi

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(Publicado previamente en Factual y en Tercera Cultura)

 

Entre los más de 3.000 libros que se han escrito (sólo en inglés) sobre los atentados terroristas del 11-S faltaba uno que los analizara desde la perspectiva de género. Del género femenino, obviamente. Susan Faludi lo ha escrito, aunque su detector de misoginia parece haberse disparado más veces por las reacciones políticas y mediáticas al atentado que por el atentado en sí. La pesadilla terrorista es su nombre.

La escritora y periodista neoyorquina Susan Faludi (Nueva York, 1959) pertenece a esa rama del feminismo que los círculos académicos estadounidenses han bautizado como post-feminismo y que nació como una respuesta crítica al radicalismo ginocéntrico del feminismo de género. Reacción. La guerra no declarada contra la mujer moderna (Anagrama, 1993) fue su primer libro traducido al español. En él, Faludi sostiene la tesis de que durante la década de los 80 se vivió un recrudecimiento de la guerra contra el feminismo por medio de la difusión masiva de estereotipos negativos sobre las mujeres independientes y trabajadoras. El nuevo libro de Susan Faludi, La pesadilla terrorista, ha sido subtitulado en su edición estadounidense “mito y misoginia en una América insegura” y en España “miedo y fantasía en Estados Unidos del 11-S”. En sus páginas, Susan Faludi analiza la respuesta mediática y política a los atentados terroristas del 11-S desde una perspectiva de género. Según Faludi, la administración Bush y los medios de comunicación, ya fueran pro demócratas o pro republicanos, sumergieron al país en una histeria colectiva que pretendía resucitar tras el atentado el estereotipo de la hembra débil y el macho fuerte, sacando del armario los polvorientos mitos sexistas del cowboy invulnerable que protege la frontera de las invasiones bárbaras. En la reanimación del mito jugó un papel importante la controvertida y discutida historia de la soldado Jessica Lynch, que fue hecha prisionera y posteriormente rescatada por las Fuerzas Especiales del ejército de los EE UU durante la guerra de Irak de 2003, tras haber sido, supuestamente, torturada y violada por los iraquíes.

Faludi sostiene la tesis de que esa histeria machista post-11-S es el fruto de un trauma original, a saber, el del miedo a la vulnerabilidad de las fronteras originales, las que separaban los territorios de los colonos de los de las tribus indias. Las pruebas de todo ello las encuentra Faludi en lugares tan dispares como, entre otros, el menú del Salvaje Oeste, a base de carne de bisonte, que el gabinete de guerra cenó en Camp David tras el atentado; en la viñeta de la revista Slate que mostraba a un bombero neoyorquino de mentón cuadrado rescatando a una simbólica niña con coletas de las ruinas de las Torres Gemelas; en las reposiciones de las películas de John Wayne; y en los reportajes que se publicaron en algunos medios americanos sobre chicas que habían decidido casarse con su novio de toda la vida tras el atentado. Me resulta difícil creer en la idea de que decenas de miles de personas, desde el director de programación de la productora Turner Broadcasting System hasta una chica totalmente desconocida del Medio Oeste americano, se pusieran tras los atentados de acuerdo, consciente o inconscientemente, para devolver a la mujer a la cocina aprovechando la histeria provocada por el ataque; y mucho menos que esa reacción supuestamente misógina sea el fruto de un trauma original provocado por las antiguas guerras contra las nativos indios. Y se lo hago saber a Susan Faludi desde la primera pregunta.

 

No veo cómo un supuesto trauma de siglos de antigüedad se ha transmitido intacto a los ciudadanos americanos del siglo 21. ¿A través de qué proceso logran los traumas viajar a través del tiempo, de generación en generación?

No estoy diciendo que el trauma se haya transmitido intacto. Lo que digo es que a lo largo de más de dos siglos los arquitectos culturales estadounidenses (sus políticos, periodistas, novelistas, artistas y etcétera) han tramado una fantasía que la América post-revolucionaria ha querido creer desesperadamente: el mito de una nación de salvadores, es decir el mito de unos EE UU invencibles. Es ese mito el que la cultura americana revivió tras el 11-S. No hablo de una especie de síndrome de memoria recuperada; los americanos no han recordado el trauma original. Estoy hablando de una herencia cultural tangible, una visión del mundo cuyas instrucciones se heredan y que se plasma en las noticias, las novelas, los guiones de cine…

Mientras leía su libro tenía un ojo puesto en el capítulo de La tabla rasa que Steven Pinker dedicó a las cuestiones de género. En su opinión, ¿puede un mito superponerse a miles de años de evolución genética? ¿O puede ser que determinados mitos se transmitan a lo largo de generaciones porque reflejan en cierta manera la realidad?

La psicología evolutiva se presta a malinterpretaciones por parte de aquellos que creen que la cultura no tiene ningún rol. Interpretado correctamente, los mitos no tienen nada a lo que superponerse. Sea lo que sea que está determinado, todavía queda un enorme espacio libre para las diferentes maneras que tenemos de interpretar nuestro abolengo genético.

¿Pero no son las reacciones políticas y culturales al 11-S sólo lo que podríamos esperar de las diferencias genéticas entre hombres y mujeres?

Nuestros genes no son tan diferentes, no somos especies separadas. A pesar de que hay obvias diferencias innatas entre géneros, atribuir nuestras reacciones a la biología es una manera de evitar forcejear con el significado de esas reacciones. Con toda seguridad, diferentes culturas en diferentes periodos históricos habrían respondido de manera diferente a esos mismos hechos.

¿Qué pensó cuando vio las fotos de la soldado Lynndie England posando junto a prisioneros iraquíes desnudos?

Pensé que era horrible, por supuesto. Es interesante el hecho de que Lynndie England fuera utilizada por los mismos conservadores que creen que los hombres y las mujeres son innatamente diferentes para decir “¿veis?, ¡las mujeres son iguales que los hombres!” Pero lo que me preocupa no es el comportamiento privado de Lynndie England o Jessica Lynch, la otra soldado americana convertida en un símbolo de la guerra de Irak, pues esos comportamientos son inherentemente individuales, sino el modo en que la cultura llegó a un consenso acerca de lo que esos comportamientos significaban. En el marco cultural adjudicado a esas dos mujeres, England acabó siendo la otra cara de la moneda de Lynch. El mensaje que recibimos fue “es antinatural que las mujeres vayan a la guerra pues se convertirán en víctimas violadas o en machorras monstruosas”. En ambos casos se profana, supuestamente, su feminidad.

Cito literalmente de su libro: “Si aquel día [el 11-S] había en las torres entre 16.000 y 18.000 personas, el 95% de las víctimas falleció en los pisos superiores, sin posibilidad de rescate, y casi todas las personas que estaban en las plantas inferiores se salvaron solas, sin ayuda de personal uniformado. La triste verdad es que el coste humano habría sido menor si los bomberos no hubieran entrado (murió el triple de bomberos que de oficinistas en los pisos situados por debajo del impacto de los aviones)”. ¿Pero cuál habría sido su decisión al respecto si usted hubiera tenido que decidir algo así? ¿Y cómo la habría juzgado Susan Faludi?

No estoy diciendo que los bomberos no deberían haber entrado en el edificio, ni que no fueran valientes al hacerlo. Estoy diciendo que fueron traicionados por las autoridades, que rechazaron darles el poder de decisión, el equipo y las herramientas que los bomberos llevaban años reclamando para poder hacer su trabajo de forma efectiva y segura. Estoy depreciando el estatus de héroe que los políticos les otorgaron como sustitutivo de la ayuda que esos bomberos necesitaban y pidieron tras los ataques del 11-S.

¿Por qué decidió escribir un libro sobre el 11-S desde una perspectiva de género?

Porque durante los días y las semanas posteriores al 11-S los medios americanos y la cultura política se sumergieron en una histeria de género. Sufrimos una inundación de artículos y reportajes televisivos sobre cómo los ataques iban a devolvernos al hombre de toda la vida y dar pie a un boom de matrimonios, a un boom de la natalidad, a una vuelta a la mujer ama de casa e incluso a un interés renovado por las máquinas de coser y los moldes para pasteles de carne. Además de provocar la muerte del feminismo, claro. Mientras tanto, teníamos esa retórica de cowboy saliendo de la Casa Blanca, apoyada por un coro de expertos de los medios de comunicación que saludaban el retorno de John Wayne y el heroísmo del macho de la frontera. Y esta bizarra respuesta al 11-S pedía a gritos un análisis.

¿Por qué cree usted que la perspectiva de género es adecuada para analizar no el terrorismo islamista en sí, algo con lo que yo podría estar de acuerdo, sino la respuesta estadounidense a ese ataque? Con todo el respeto, ¿no es eso buscarle tres pies al gato?


Es interesante que creas que la perspectiva de género se puede aplicar a los terroristas pero no a la sociedad que ha sido atacada. Eso es exactamente lo que los medios americanos decían: estaban ansiosos por relatar cómo los terroristas se vieron impelidos al ataque por el miedo a su propia falta de masculinidad, pero cerraron los ojos ante los vacíos golpes de pecho de la administración Bush y sus expertos. El género es una fuerza básica en todas las sociedades, y determina cómo reaccionamos a diferentes cosas, desde las angustias económicas hasta los acontecimientos políticos o la guerra. Cuando pasa desapercibido, se necesita señalar que nuestra sociedad es esclava de fuerzas que niega y que no comprende. Y a algunos les incomoda escuchar eso, lo que nos coloca en un aprieto a aquellos que señalamos este tipo de comportamientos, pues somos acusados de buscarle tres pies al gato por los mismos que creen que no hay gato alguno. Además, ¿por qué te sientes cómodo pensando que las diferencias entre sexos son innatas e inmutables, pero incómodo pensando que el género tuvo algo que ver con la crisis?

¿Cree que los ciudadanos europeos habrían reaccionado de forma diferente a un ataque como ese?

Los ciudadanos europeos y sus gobiernos reaccionaron diferente en España e Inglaterra, tratando los atentados terroristas como asuntos criminales que requerían una respuesta racional, práctica y táctica. Las autoridades de esos países se concentraron en perseguir y procesar a los culpables, no en apuntarse, como hicieron los medios americanos, a una histérica respuesta psicosexual a la supuesta emasculación de la cultura nacional. O fíjate en la India, donde la respuesta inmediata del gobierno fue sofocar la búsqueda de un chivo expiatorio interno, señalando a un enemigo externo. Todas estas respuestas fueron más sofisticadas y obtuvieron mejores resultados que la de los EE UU. Creo que esas diferencias ponen de relieve lo inmunes a los ataques en su propio suelo que han sido las generaciones más recientes de los EE UU.

¿Ha cambiado de idea durante los dos últimos años respecto a algo de lo que señala en el libro?

No. Si acaso, la evolución de los hechos durante estos años ha reafirmado mis ideas.

¿Ni siquiera una crítica que le haya hecho pensar “OK, quizá me equivocaba en esto”?

En realidad, no. Muchas de las críticas en los EE UU han sido poco profundas o se alejaban del tema del libro. Mi esperanza era que el libro iniciara una debate positivo, pero dado nuestro déficit de atención y nuestra cultura mediática eminentemente defensiva, eso era probablemente pedir demasiado.

Se me hace difícil creer en la existencia de una conspiración para redomesticar a las mujeres aprovechando los atentados del 11-S. ¿Cómo se organiza en la práctica una conspiración de este tipo?

Nunca he dicho que fuera una conspiración. De hecho, dije claramente que no había una conspiración y que este no era un libro sobre lo que la cultura post-11-S le había hecho a las mujeres o a los hombres o a cualquiera. Si hubiera una conspiración de ese tipo sería muy fácil encontrar a los conspiradores y dejarlos fuera de juego. Mi libro trata de cómo las ideas culturales se convierten en dominantes en ausencia de una conspiración, y de cómo se debe buscar en la mitología cultural y en la historia para comprender las respuestas culturales a una crisis.

¿Ha leído el libro La paradoja sexual, de Susan Pinker?

No.

¿Cuál habría sido su respuesta al 11-S de haber estado en la posición del presidente Bush? Cito literal de una entrevista en The Guardian: “Creo que la solución es, de hecho, hablar más del problema antes de empezar a moverse”.

Deberías releer la entrevista del Guardian. Claramente, no estaba defendiendo una respuesta militar vacilante al 11-S, y de hecho ni siquiera estaba hablando de respuestas militares. Lo que decía es que América, como cultura, no había profundizado en la naturaleza problemática de su respuesta cultural doméstica al 11-S. En cuanto a la respuesta militar al 11-S, creo que estaremos de acuerdo en que invadir Irak no fue una victoria contra el terrorismo y en que no salvó vidas, sino más bien lo contrario.

En la misma entrevista: “Obama será considerado [por los conservadores] como ese escuálido chico que no es lo suficientemente macho como para enfrentarse al enemigo”. ¿Ha cumplido Obama las expectativas en ese sentido?

En esa entrevista hablaba de cómo los conservadores y los medios de comunicación retratarían a los candidatos de acuerdo a esos mitos de género. Y lo que dije se ha cumplido, ciertamente. Durante la campaña y después de ella. Fíjate en la retórica de campaña de los expertos y de otros políticos, que llamaban a Obama de todo, desde “pusilánime” a “gallina” o “afeminado”. Y eso es lo que subyace en los recientes ataques de Dick Cheney a Obama, sin que se haga referencia a que los terroristas yemeníes en cuestión fueron liberados de la prisión de Guantánamo por la administración Bush-Cheney. De hecho, este mismo día en el que respondo a tus preguntas puedes encontrar un largo artículo en la sección de opinión del New York Times titulado Captain Obvious Learns the Limits of Cool (“el Capitán Obvio aprende los límites de la serenidad”). La columnista del Times Maureen Dowd castiga a Obama por no hablar firmemente y por no actuar como el padre fuerte que protege el hogar de los invasores.

¿Está de acuerdo con la tesis de que existen líderes políticos con valores femeninos (Obama, Zapatero, Bachelet, Lula) y otros con valores masculinos (Bush, Thatcher, Merkel, Sarkozy)?


No.

 

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Written by cristian campos

15 septiembre, 2011 a 7:00

Publicado en entrevista

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