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el pandemonium

Pianos de ultratumba

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El otro día me preguntaron si me habían censurado alguna vez. “No”, contesté. Pero luego, dándole vueltas al tema, recordé que me han censurado un par de veces.

La primera vez fue en El País, durante mis prácticas de final de carrera, hará unos doce años. Mi redactor jefe me envió a un acto de las juventudes de CiU que consistía en coger un pequeño barco en el puerto de un pueblecito catalán, navegar (teóricamente) hasta el punto central exacto entre Cataluña, Baleares y Valencia, y lanzar allí un ramo de rosas rojas y amarillas. Todo muy simbólico, como pueden observar.

Pues bien, a los diez minutos de zarpar, y cuando aún se veía el puerto a lo lejos, el vaivén del barco hizo que lo que el capitoste de las juventudes convergentes lanzara por estribor fuera una apoteósica vomitona. Con tropezones rojos y amarillos, creí observar. Como el chaval estaba más blanco que la nieve, decidimos dar media vuelta y volver a puerto. Los otros jóvenes convergentes allí presentes lanzaron el ramo al mar apresuradamente y los fotógrafos hicieron las fotos pertinentes de las flores (que la corriente arrastraba hacia la vomitona, por cierto). El día acabó con los convergentes y la prensa comiéndonos una paella en un chiringuito de playa, diría que a cargo del contribuyente, aunque no voy a poner la mano en el fuego por este detalle porque no lo recuerdo con precisión.

Cuando volví por la tarde a El País y expliqué la aventura dadaísta que acababa de vivir, me prohibieron mencionar lo de la vomitona. Censura preventiva, como pueden ver. Ya debía tener yo cara de gente poco seria por aquel entonces.

La segunda vez no fue en realidad censura, sino más bien un veto. Ocurrió poco después del día de la vomitona nacionalista, en una revista musical española bastante conocida entre los gafapastas. Ahora pasan un poco más desapercibidillos por la competencia de internet (como todo el sector musical, por otro lado), pero en su momento lo que decía esta gente iba a misa, al menos entre el sector modernete, rollo Benicàssim, Primavera Sound, Sónar y tal. Yo aún me la compro una o dos veces al año. La nostalgia y eso.

El tema es que me encargaron un artículo para probarme. Si lo hacía bien, pasaría a ser uno de los colaboradores más o menos habituales de la revista. Si lo hacía mal, gracias y adiós muy buenas. Me encargaron un texto breve sobre un grupo de medio pelo, lo hice y lo envié. Pasaron las semanas y el texto no salió. Tampoco me llamó nadie para decirme nada al respecto, así que me olvidé del tema.

Al cabo de unos meses me llegó el rumor de que el director me había vetado por un artículo publicado en la ya desaparecida revista aB. En ese artículo yo criticaba un documental que se acababa de estrenar por aquel entonces, uno de esos engendros sensibleros, típicos de la izquierda sudamericana, rollo niños peruanos buscando basura en el vertedero, víctimas inocentes del capitalismo y tal. Lo que yo criticaba era que el director, en todas y cada una de las escenas dramáticas, había cascado música de piano tristona. Una manipulación de primero de propaganda soviética, vaya. El niño dice “yo de mayor no quiero trabajar en el vertedero, quiero ser… contable“, y allá que te va la música de piano sensiblera para que lloren un poquito los lectores de El País.

A ver: en la vida real no suenan notas de piano melancólicas procedentes del más allá cuando los niños dicen algo acongojante. Meterle música a un documental es mezclar realidad y ficción. Hacer trampa, vaya.

Total, que eso no gustó, y por eso jamás llegué a escribir en aquella revista. Aunque también puede ser que no les gustara mi texto de prueba, claro. Tampoco voy a poner la mano en el fuego por un rumor que me llegó de segunda mano.

Ya ven: el nacionalismo dadaísta y la izquierda sensiblera. Los dos tabús eternos de este país.

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Una respuesta

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  1. Mi jefa me quitó una grabación que había hecho sobre la ablación de clítoris. Intenté que fuera lo más parecida posible a la realidad. También hablé de los países donde más se perpetraba esa arraigada costumbre. La cosa quedó telegráfica y dura, de suerte que no era apta para la delicadeza socialdemócrata. Ya sabes que, cuando se tocan estas cuestiones, hay que hacerlo sin insinuar que las sociedades africanas son atávicas y primitivas, sino que el deber del periodista es centrarlo en casos aislados. El deber del periodista occidental que se odia y que sabe que la culpa de todo lo que pasa en África es del colonialismo, claro. Es conocido que la ablación fue llevada por los malditos europeos.

    Juan Pablo Arenas

    31 julio, 2011 at 11:53


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