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Entrevista con Susan Pinker

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(Entrevista publicada anteriormente en Factual y en Tercera Cultura)

 

Las mujeres enferman menos, estudian más y mejor, son más felices y muestran por término medio una mayor satisfacción respecto a su carrera profesional que los hombres. Y eso a pesar de que sólo ocupan una pequeña parte de los puestos de trabajo mejor pagados.

La tesis de la psicóloga cognitiva canadiense Susan Pinker, desarrollada en su libro La paradoja sexual, es que la primera frase de este texto es correcta pero la segunda no, pues da por supuesta una concepción del éxito típicamente masculina. Lo correcto sería más bien decir que las mujeres son más felices precisamente porque sólo ocupan una pequeña parte de los puestos de trabajo mejor pagados, aquellos que exigen jornadas laborales de más de doce horas diarias y una renuncia casi absoluta a cualquier tipo de vida social o familiar medianamente establece. Según Susan Pinker, hermana del también psicólogo cognitivo Steven Pinker, las tesis igualitarias del feminismo radical, ese que pretende que las mujeres imiten los comportamientos agresivos y competitivos del sexo masculino, son contraproducentes a largo plazo para las mujeres.

 

¿Sería correcto decir que los hombres luchan por el dinero y las mujeres por la autoestima y la satisfacción en sus puestos de trabajo?

Sería más correcto decir que bastantes más hombres que mujeres priorizan el estatus, la remuneración y las oportunidades de progreso. Yo diría que el porcentaje es más o menos de un 75% para los hombres por un 25% para las mujeres. Y sería correcto decir que muchos más hombres que mujeres se concentran exclusivamente en la consecución de esos objetivos. En cambio, más mujeres que hombres tienen objetivos múltiples en sus vidas y, por lo tanto, nociones más variadas de lo que es el éxito. En encuestas realizadas a un número significativo de sujetos, la flexibilidad, la autonomía y el hecho de trabajar con personas a las que respetan, en un trabajo en el que ellas sientan que pueden marcar la diferencia, eran las prioridades profesionales señaladas por un 85% de las mujeres, y especialmente por aquellas con una carrera universitaria. Para la mayoría de las mujeres, los horarios flexibles y un trabajo que las realice (frecuentemente con objetivos humanitarios o sociales) superan el estatus y el dinero. Más mujeres que hombres están dispuestas a negociar sus salarios con el objetivo de conseguir otros fines: tener tiempo para la familia, los amigos y las actividades culturales o comunitarias. De nuevo, un 75%-25% sería una estimación conservadora del porcentaje de mujeres entre las personas que priorizan la flexibilidad, la autonomía y la realización profesional en detrimento de nociones más tradicionales del éxito, como la que lo asocia a un estatus alto y a los ingresos más elevados posibles.

¿Tiene la competición las mismas connotaciones para los hombres que para las mujeres? ¿Compiten las mujeres de la misma manera que lo hacen los hombres?

Las evidencias que tenemos acerca de las diferencias entre sexos nos dicen que las cosas no son blancas o negras. Los hombres no son de Marte y las mujeres de Venus, siempre hay superposiciones. Muchos más chicos que chicas usan la competición directa, la agresión y las tácticas físicas para conseguir lo que quieren, y claramente consideran que la competición es inherentemente divertida y satisfactoria. Por el contrario, muchas más chicas que chicos utilizan el diálogo por turnos para conseguir lo que quieren, y evitan noquear a sus oponentes en competiciones del tipo el ganador se lo lleva todo. Por ejemplo, en un estudio realizado con niños de cuatro años, los chicos compitieron 50 veces más frecuentemente que las chicas para conseguir ver unos dibujos animados. En un estudio sobre los hábitos de juego de niños de diez años, los chicos eligieron competir durante el 50% de su tiempo de juego. Por el contrario, las chicas sólo eligieron competir durante el 1% de su tiempo de juego. En cuanto a los adultos, independientemente de su nivel de habilidad, el 75% de los hombres eligen la competición, o sistemas de recompensa basados en el ganador se lo lleva todo, comparado con el 35% de las mujeres que lo eligen. Un ejemplo del modelo “el ganador se lo lleva todo” sería un puesto de vendedor o de inversor, donde trabajas a comisión, o el de un candidato político: si ganas, como Barack Obama en las pasadas elecciones, te lo llevas todo, pero si pierdes, como John McCain, te quedas sin nada y puedes llegar a ser ridiculizado, como se hizo con Sarah Palin. Las mujeres que ven como otras mujeres son humilladas en competiciones públicas están menos dispuestas a participar en esas mismas competiciones. Las mujeres son más proclives a competir con otras mujeres que con los hombres, y a utilizar signos sociales como las expresiones faciales o las frases irónicas para excluir a sus rivales. Los hombres son más proclives a competir abiertamente, diciéndoselo a la cara, pegándose o simplemente superando a sus rivales. La competición femenina tiende a ser subterránea y matizada, mientras que la competición masculina es más concreta. Cuando los hombres compiten es fácil ver quién gana y quién pierde. Simplemente has de mirar quién gana más dinero y quién tiene el coche más grande, la mejor casa, quién marca más goles o incluso quién tiene la mujer más joven y guapa. La competición masculina es más visible. Eso comporta una mayor producción de testosterona y adrenalina. La adrenalina se incrementa en los hombres durante las situaciones competitivas, pero decrece en las mujeres en esas mismas situaciones. Y esa es la razón por la que hombres y mujeres son y se sienten diferentes en este aspecto.

La palabra genio suele utilizarse para los hombres (Einstein, Mozart, Wittgenstein). ¿Por qué?

Puedo pensar en muchas mujeres geniales, como Dorothy Parker, Arianna Huffington (nacida Arianna Stassinopoulos,  el cerebro tras el Huffington Post), Marie Curie, Jane Austen, Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Martha Graham, Leontyne Price, Kiri Ti Kanawa, Emily Carr, Hannah Arendt… ¡Y estas son sólo las que he recordado en los últimos dos minutos! Pero hay una preponderancia de hombres excepcionales en algunas disciplinas, como el Premio Nobel de Física, y hay tres razones para ello. En primer lugar, y durante varios siglos, hasta la década de los 70 del siglo pasado, las mujeres han sufrido una discriminación generalizada. De hecho, hay todavía países en los que las mujeres son encerradas en sus casas. Hasta hace 40 años, a las mujeres se les ha impedido demostrar su talento en la esfera pública. Además, la noción de éxito se aplicaba básicamente a disciplinas tradicionalmente masculinas, y no a aquellas áreas en las que las mujeres son más fuertes, como el lenguaje o las conexiones sociales. Por ejemplo, tú mismo has mencionado a genios de la física, de la composición musical y la filosofía analítica, pero no has pensado en otros terrenos donde las mujeres tienen más posibilidades de dejar su marca, como la literatura o las artes escénicas. Además, muchas áreas en las que las mujeres destacan especialmente han sido tradicionalmente infravaloradas. ¿Quién ha oído hablar alguna vez de un Premio Nobel para el profesor más brillante, por ejemplo, o para la práctica de la medicina clínica, que requiere habilidades analíticas, un amplio conocimiento de base y habilidades comunicativas y empáticas? Espero que mi libro ayude a la gente a convencerse de que esos terrenos en los que las mujeres predominan merecen conocerse.

En segundo lugar, más mujeres que hombres tienden a tener intereses variados, de modo que no sólo invierten esfuerzo en sus carreras, sino también en sus familias, sus comunidades y sus redes sociales. El hecho de que sean menos monotemáticas que los hombres y de que sus vidas se vean interrumpidas muy pronto por su inversión en el cuidado de los niños implica que tienen menos horas para demostrar sus habilidades y competir a los 20 y los 30 años, cuando muchos hombres van a por nota. A menudo pensamos en los genios como individuos precoces que se consolidan durante su niñez. Mozart y Orson Welles podrían ser dos buenos ejemplos. Pero este es un modelo de genialidad masculino, basado en las oleadas de testosterona y en cómo estas espolean la competitividad en los hombres de 20 años. En el reino de los logros formales, las mujeres tienden a destacar más tarde porque su biología y su trayectoria vital es diferente de la de los hombres.

Y, finalmente, los machos de muchas especies son más variables y extremos, y los humanos no somos una excepción. Lo que quiere decir esto es que los dos sexos no difieren demasiado, pero que en los dos extremos de la distribución hay más hombres que mujeres. Así que hay más machos idiotas y más machos geniales, como dijo el científico James Wilson, o, como señaló la antropóloga evolucionista Helena Cronin, más zoquetes y más Nobeles. Un mayor número de hombres en los extremos es la razón por la que terrenos como el de la psicología del desarrollo, el mío, están dominados por los hombres. Tal y como documento en el libro, hay más chicos que chicas que deben luchar por alcanzar una habilidad lingüística normal. Y un número mayor de hombres en los extremos es la razón por la que más hombres que mujeres abandonan los estudios universitarios. Y por la que hay más presos que presas: la ratio de hombres y mujeres en prisión es de 9 a 1.

Y un último comentario. Los hombres tienen más probabilidades de ser arriesgados, para lo bueno y para lo malo. A veces los grandes logros requieren de mucho valor, y me arriesgaría a decir que la razón subyacente a esa asunción de riesgos durante la juventud tiene que ver con la evolución. Así como los pavos reales macho con las plumas más brillantes atraen a las hembras más bellas y sanas, los machos de la raza humana también son más propensos a arriesgarse y a dejar huella cuando son jóvenes, pues esa es la época en la que es más probable que las hembras los escojan como compañeros. Sus logros son un escaparate, como la cola del pavo real. Pero la razón básica por la que compiten y se arriesgan, para sólo en raros casos conseguir algo (cuando no aterrizar en prisión o en la morgue), es porque la asunción de riesgos es impulsiva y porque produce adrenalina y testosterona, lo que les hace sentir bien.

¿Cuáles son las probabilidades de que una mujer destaque en un terreno tradicionalmente dominado por los hombres?

Muchas. Muchos de esos terrenos han atraído a tantas mujeres como para que hoy en día la proporción sea del 55%-60% para ellas. Aquí hay unos cuantos ejemplos: medicina, farmacia, psicología, dentistas, veterinaria y violinistas de música clásica. El 56% de los trabajos mejor pagados están ahora ocupados por mujeres, y a ellas pertenecen más de la mitad de los puestos directivos en Canadá e Inglaterra.

¿Cuán importante es la biología por lo que respecta a la toma de decisiones, en comparación con otros elementos?

Creo que la biología es importante a la hora de entender nuestras motivaciones y sentimientos, especialmente por lo que respecta al tipo de actividades y de agenda de trabajo que la gente espera encontrar en su actividad profesional, y a los intereses que se pretenden satisfacer con ella. Hay diferencias individuales y entre sexos respecto a cuánto se disfruta de la competición extrema y a cuánto se está dispuesto a sacrificar para vencer a los rivales. Además, las mujeres tienen intereses más amplios y están menos dispuestas a concentrarse en un único objetivo a expensas del prójimo, un factor que puede jugar en su contra en competiciones del tipo el ganador se lo lleva todo, pero que juega en su favor por lo que respecta a la satisfacción con su carrera profesional, la complejidad de sus redes sociales y su salud. Es importante tener en mente dos principios: la biología y la cultura caminan de la mano, y ninguna de las dos tiene sentido sin la otra. Después de todo, el cerebro humano es el que creo la cultura, y el cerebro evoluciona empujado por presiones de tipo cultural. Pero como las diferencias culturales por sí solas suelen ser usadas para justificar todas las diferencias entre los dos sexos, y dado que lo masculino suele ser considerado como la norma, me gustaría dar algunos ejemplos de cómo la biología influye en las aptitudes de las personas y en las elecciones profesionales de hombres y mujeres:

1. En primer lugar, existen diferencias sutiles en la arquitectura neuronal que influyen en las aptitudes relativas de hombres y mujeres por término medio. Y digo “por término medio” porque eso no se da en todos los hombres y todas las mujeres, debido a las variaciones dentro de cada sexo. Por ejemplo, los dos sexos emplean diferentes áreas del cerebro para percibir las emociones ajenas. A las mujeres a las que se les pide que identifiquen las emociones de otras personas se les activan los dos hemisferios cerebrales. También muestran una mayor actividad en la amígdala, la zona del cerebro, del tamaño de una almendra, donde descansan las emociones. En los hombres, la percepción de las emociones ajenas se localiza en el hemisferio derecho. Además, muestran menos conexiones, especialmente con las áreas del cerebro que controlan el lenguaje. Quizá sea por eso por lo que las mujeres son, en general, mejores que los hombres a la hora de identificar las pistas emocionales que dan otras personas, y la razón por la que reaccionan con mayor rapidez a ellas. Las madres reaccionan más rápidamente y con una respuesta neuronal más intensa a los lloros de los bebés, tal y como se demostró en un estudio italiano. Las emociones y los recuerdos de las mujeres son más accesibles y son expresados verbalmente por ellas más fácilmente. Quizá por eso las mujeres se concentran en carreras donde es clave la percepción de las emociones: la enseñanza, la medicina familiar, la enfermería o el cuidado de ancianos, el trabajo social y la psicología. Además, la flexibilidad de estos trabajos es un punto a favor para muchas mujeres, pues les permite tener una carrera profesional, pero también relacionarse con la familia y los amigos. En resumen, este tipo de profesiones no sólo se orientan hacia los seres humanos, sino que permiten a las mujeres alcanzar el equilibrio deseado.

2. Las hormonas juegan un rol a la hora de dar forma a esta arquitectura neuronal en el útero, y también mientras las personas crecen y se convierten en adultos, pues varias áreas importantes de nuestro cerebro cuentan con receptores hormonales. Estudios británicos sobre el efecto de la testosterona prenatal muestran que a más secreción de testosterona por el feto durante el segundo trimestre, menos habilidades verbales, menor interés en socializar con otros niños, y menos intereses. Y los niños producen mucha más testosterona que las niñas. Estos efectos han sido estudiados en niños hasta la edad de ocho años, y parecen estables en el tiempo. Tiene sentido entonces pensar que la testosterona afecta a los niños, y por eso estos tienen cuatro veces más probabilidades de sufrir problemas relacionados con el lenguaje, y diez veces más probabilidades que las chicas de tener menos relaciones sociales y menos intereses. Por eso los hombres suelen gravitar hacia carreras que requieren menos interacción social y un profundo, pero estrecho, conocimiento de una materia sistemática y predecible. Ingeniería e informática son los primeros nombres que vienen a la mente cuando se piensa en carreras que no requieren de grandes dotes sociales, pero sí de un profundo conocimiento de sistemas.

3. Los genes juegan un rol importante a la hora de modificar los talentos y las debilidades individuales. Hay perfiles genéticos más comunes entre los hombres y perfiles más comunes entre las mujeres. Un ejemplo es la dislexia, u otros desordenes relacionados con el lenguaje, como el tartamudeo, que son más comunes entre hombres que entre mujeres. Los genetistas están muy cerca de aislar los genes involucrados en ellos. La proporción de hombres con desordenes del lenguaje es de 4 a 1 con respecto a las mujeres. Esto está ligado con las hormonas y la arquitectura cerebral, pero por lo que respecta a las profesiones, se puede decir por ejemplo que los chicos y los hombres con pocas habilidades orales y lingüísticas, pero con habilidades compensatorias en la solución de problemas espaciales, se van a apartar de las profesiones que requieren el uso del lenguaje para centrarse en aquellas que les permitan usar sus mayores habilidades espaciales. En el libro hablo de varios hombres que han triunfado en el terreno de la ingeniería, o se han convertido en cocineros o en diseñadores.

4. Finalmente, las diferencias biológicas influyen también en la ambición. Las hormonas y la herencia genética juegan un rol importante respecto a cuánto están dispuestos hombres y mujeres a arriesgar en una competición. Como ya he dicho, las mujeres compiten de forma diferente, de formas más sutiles, y la mayoría de ellas siente menos placer y más estrés durante la competición. En consecuencia, las mujeres tienden a evitar competir en juegos de suma cero, incluso cuando son perfectamente capaces de triunfar en ellos. Las investigaciones muestran que son más partidarias de las pequeñas (pero seguras) recompensas, que de los riesgos asociados a competiciones en las que lo ganas todo o lo pierdes todo.

¿Por qué los enfermeros no ganan tanto como un ingeniero técnico? ¿El hecho de que la mayoría de los enfermeros sean mujeres puede ser una explicación?

Es difícil de determinar, pero se debe probablemente a que tradicionalmente nuestra sociedad ha valorado más las carreras orientadas a las cosas y los sistemas que las orientadas a los procesos humanos, donde los resultados son más difíciles de medir y donde predominan las mujeres. Hay dos tendencias: a infravalorar los terrenos donde las mujeres muestran su fortaleza, y a sobrevalorar aquellos en los que los hombres han demostrado mayor interés, como la física, la ingeniería y la programación informática. Tal y como explico en la introducción del libro, si algo está dominado por los hombres, la gente, y muy especialmente las feministas de la línea dura, lo valora más. Y esa es la razón de que se empuje a las mujeres a escoger carreras técnicas, como la programación informática. Pero también se produce el fenómeno de que las profesiones que empiezan a atraer a las mujeres, como la medicina, han empezado a perder valor en nuestra cultura. Es la conversión al rosa de muchas áreas profesionales, y se debe probablemente a una amplia variedad de factores. Lo que me lleva al siguiente punto: la gente que trabaja en el sector público y que contribuye al bienestar general gana menos que la gente que trabaja en el sector privado. Esto siempre ha sido así, y seguirá siendo así, incluso después de esta crisis. Muchas mujeres cambian un salario hipotéticamente mayor en el sector privado por la estabilidad, los horarios razonables, las vacaciones y la posibilidad de ayudar a sus comunidades que les ofrece el sector público. La gente no se dedica a la enfermería o a la enseñanza porque quieran hacerse millonarios, sino porque eso les permite ayudar a la gente. La mayoría de las mujeres europeas y norteamericanas dicen que esa es una de sus prioridades.

Las chicas, por término medio, superan a los chicos durante los años escolares, pero caen luego tras ellos en el puesto de trabajo. ¿Maduran las chicas y pierden su ventaja, mientras los chicos afinan sus habilidades?” La frase es del New York Times. ¿Está de acuerdo con lo que sugiere?

En absoluto. La pregunta asume los parámetros masculinos del éxito. Tal y como he señalado anteriormente, las mujeres están demostrando excelencia e inundando terrenos formalmente masculinos por los que muestran interés, como la medicina, la dirección de empresas, la psicología clínica o la medicina veterinaria, por nombrar sólo unas pocas. La mayoría de las mujeres que tienen la opción evitan las carreras sin flexibilidad o que carecen de contacto humano. Algunas de las discrepancias entre hombres y mujeres en el trabajo tienen también que ver con las diferentes preferencias de hombres y mujeres, y con las diferentes nociones de lo que es el éxito. Sólo podemos asumir que las mujeres pierden su ventaja si aceptamos primero que la única manera de triunfar es escoger lo que escogen los hombres. Pero también es cierto que el desarrollo masculino es mucho más lento que el femenino. Según la neurocientífica Martha Denckla, el cerebro de un niño de seis años se parece mucho al de una niña de cinco. Muchos chicos se ponen al día durante la adolescencia; yo no diría que las chicas se retrasan. Tienen diferentes prioridades, y una de las razones es que viven más tiempo que los hombres.

¿Qué nos dicen las estadísticas acerca de las elecciones individuales de hombres y mujeres?

Las estadísticas nos dicen cómo se comportan grandes grupos de personas, y son la mejor manera de llegar a conclusiones que no estén contaminadas por factores azarosos, como la presencia de bichos raros en el estudio. Pero aunque las estadísticas muestran la visión de conjunto e incluso pueden decirnos algo sobre las variaciones en el grupo, pierden al individuo en la mezcla. Y esa es la razón por la que yo me detengo en los perfiles de varios individuos en el libro, para preservar sus historias. Además, pongo énfasis en que las estadísticas no nos dicen nada acerca de las elecciones individuales. Por ejemplo, las estadísticas dicen que los canadienses ven dos horas de televisión al día, pero yo no veo ninguna. ¿Me están diciendo las estadísticas que debería ver más televisión? En absoluto. Las estadísticas dicen también que el americano medio es obeso, pero eso no quiere decir que si escoges un americano al azar este estará obeso o que deberá empezar a comer hasta que lo sea. Las estadísticas nos dicen lo que hay, pero no nos dicen nada acerca de cómo deberíamos vivir nuestras vidas.

Usted sostiene que, a causa de su programación biológica, muchas mujeres quieren limitar el tiempo que pasan en el trabajo y encontrarle un sentido intrínseco al mismo. ¿Tiene esto algo que ver con la maternidad?

A veces, pero no siempre. Las mujeres tienen objetivos más variados. Una vez fui entrevistada por la importante editora de un periódico. Ella trabaja sólo media jornada porque eso le deja tiempo libre para tocar el piano. Las mujeres son más propensas a repartir los huevos en más de una cesta y a pasar más tiempo cuidando sus redes sociales (hijos, familia y comunidad) que los hombres. Ahora estamos descubriendo que ese es un tiempo bien empleado, pues contribuye a reforzar sus funciones cognitivas durante la vejez.

Los machos triunfadores con los que se compara a las mujeres son por ejemplo esos abogados que trabajan más de 80 horas a la semana a cambio de salarios obscenos. ¿Son esos abogados un ejemplo de los logros de la humanidad? ¿O pueden más bien ser considerados como ejemplos patológicos de una cultura contemporánea muy concreta y extrema?

Estoy segura de que esa gente trabaja 60 u 80 horas a la semana porque eso es lo que hace falta para triunfar en la economía global. Y no hay nada de particular en ello, ocurre en todo el planeta. No creo que los abogados sean patológicos en absoluto. Si lo fueran, ¿por qué animar a las mujeres a entrar en ese terreno? El número de mujeres en ese tipo de profesiones se ha incrementado un 800% durante los últimos 35 años. Creo que hay un consenso internacional respecto a la idea de que triunfar en la esfera pública es importante, y que más mujeres deberían intentar conseguirlo. Pero también digo que es hora de ver el éxito desde un punto de vista más abierto, para que las mujeres que dedican tiempo a cuidar de los niños o a carreras humanitarias no sean vistas como fracasadas. Muchas de las mujeres exitosas de las que hablo en mi libro pensaban que estaban dejando pasar de largo su vida por no escoger la carrera más masculina y lucrativa.

Tanto las feministas como las ciencias sociales dicen que la biología no es relevante, y que los factores culturales son lo único que importa. ¿Qué opina usted al respecto?

No entiendo por qué la gente tiene miedo del debate científico, dado que los datos erróneos sobre la biología han servido en el pasado para reducir las opciones vitales de hombres y mujeres. Mi libro ofrece una interpretación nueva de las diferencias entre sexos, basada en datos y referencias que no estaban disponibles hace apenas diez años. Su tema principal es que la comprensión de la neurociencia, los factores genéticos y la psicología aplicada a la economía (más resumidamente: de la biología humana) es no sólo maravillosa por sí sola, sino que también ayudará a la sociedad a ofrecer a hombres y mujeres la posibilidad de escoger la vida que quieren vivir. Por razones ideológicas se nos ha enseñado que no debería haber diferencias entre sexos. Pero debemos diferenciar entre lo que es y lo que debe ser. No debemos tener miedo de la ciencia por lo que nos pueda mostrar. Si lleváramos este miedo a sus últimas consecuencias no disfrutaríamos de libertad para investigar aquellas ideas que nos resultan incómodas. No sabríamos nada acerca del calentamiento global, por ejemplo, y nuestro conocimiento de la genética sería mínimo (por razones ideológicas se prohibió el estudio de la genética en la Unión Soviética, y de hecho aún están luchando por ponerse al nivel del resto del mundo en este terreno). No aprenderíamos nada acerca de los problemas de desarrollo que afectan más a los chicos que a las chicas. Como los hombres son más extremos, tienen mayores dificultades y enferman más a menudo. También mueren más jóvenes. ¿Debe la ciencia ignorar estos hechos? No. Sólo si reconocemos la evidencia científica podrán las sociedades decidir qué es lo que quieren cambiar (por medio de leyes adecuadas, como la que obliga al uso del casco).

¿Diría que hay una buena o una mala predisposición a admitir la existencia de diferencias biológicas y sus consecuencias?

A pesar de que La paradoja sexual ha sido descrita como provocadora, controvertida y violadora de tabúes, muchos lectores han dicho que los perfiles y los datos que se presentan en el libro encajan con sus experiencias. Como la reciente crisis financiera mundial ha demostrado, las pruebas de la existencia de diferencias entre sexos no implican necesariamente que estas favorezcan a los hombres o sean una desventaja para las mujeres. Durante los últimos meses hemos aprendido a las malas que la búsqueda incansable de beneficios a corto plazo tiene elevados costes humanos a largo plazo. Tal y como explico en la conclusión de mi libro, quizá una aproximación más moderada al riesgo, algo común entre las mujeres, no es tan malo a pesar de todo.

 

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Written by cristian campos

17 septiembre, 2011 at 7:00

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La pesadilla femenina: una entrevista con Susan Faludi

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(Publicado previamente en Factual y en Tercera Cultura)

 

Entre los más de 3.000 libros que se han escrito (sólo en inglés) sobre los atentados terroristas del 11-S faltaba uno que los analizara desde la perspectiva de género. Del género femenino, obviamente. Susan Faludi lo ha escrito, aunque su detector de misoginia parece haberse disparado más veces por las reacciones políticas y mediáticas al atentado que por el atentado en sí. La pesadilla terrorista es su nombre.

La escritora y periodista neoyorquina Susan Faludi (Nueva York, 1959) pertenece a esa rama del feminismo que los círculos académicos estadounidenses han bautizado como post-feminismo y que nació como una respuesta crítica al radicalismo ginocéntrico del feminismo de género. Reacción. La guerra no declarada contra la mujer moderna (Anagrama, 1993) fue su primer libro traducido al español. En él, Faludi sostiene la tesis de que durante la década de los 80 se vivió un recrudecimiento de la guerra contra el feminismo por medio de la difusión masiva de estereotipos negativos sobre las mujeres independientes y trabajadoras. El nuevo libro de Susan Faludi, La pesadilla terrorista, ha sido subtitulado en su edición estadounidense “mito y misoginia en una América insegura” y en España “miedo y fantasía en Estados Unidos del 11-S”. En sus páginas, Susan Faludi analiza la respuesta mediática y política a los atentados terroristas del 11-S desde una perspectiva de género. Según Faludi, la administración Bush y los medios de comunicación, ya fueran pro demócratas o pro republicanos, sumergieron al país en una histeria colectiva que pretendía resucitar tras el atentado el estereotipo de la hembra débil y el macho fuerte, sacando del armario los polvorientos mitos sexistas del cowboy invulnerable que protege la frontera de las invasiones bárbaras. En la reanimación del mito jugó un papel importante la controvertida y discutida historia de la soldado Jessica Lynch, que fue hecha prisionera y posteriormente rescatada por las Fuerzas Especiales del ejército de los EE UU durante la guerra de Irak de 2003, tras haber sido, supuestamente, torturada y violada por los iraquíes.

Faludi sostiene la tesis de que esa histeria machista post-11-S es el fruto de un trauma original, a saber, el del miedo a la vulnerabilidad de las fronteras originales, las que separaban los territorios de los colonos de los de las tribus indias. Las pruebas de todo ello las encuentra Faludi en lugares tan dispares como, entre otros, el menú del Salvaje Oeste, a base de carne de bisonte, que el gabinete de guerra cenó en Camp David tras el atentado; en la viñeta de la revista Slate que mostraba a un bombero neoyorquino de mentón cuadrado rescatando a una simbólica niña con coletas de las ruinas de las Torres Gemelas; en las reposiciones de las películas de John Wayne; y en los reportajes que se publicaron en algunos medios americanos sobre chicas que habían decidido casarse con su novio de toda la vida tras el atentado. Me resulta difícil creer en la idea de que decenas de miles de personas, desde el director de programación de la productora Turner Broadcasting System hasta una chica totalmente desconocida del Medio Oeste americano, se pusieran tras los atentados de acuerdo, consciente o inconscientemente, para devolver a la mujer a la cocina aprovechando la histeria provocada por el ataque; y mucho menos que esa reacción supuestamente misógina sea el fruto de un trauma original provocado por las antiguas guerras contra las nativos indios. Y se lo hago saber a Susan Faludi desde la primera pregunta.

 

No veo cómo un supuesto trauma de siglos de antigüedad se ha transmitido intacto a los ciudadanos americanos del siglo 21. ¿A través de qué proceso logran los traumas viajar a través del tiempo, de generación en generación?

No estoy diciendo que el trauma se haya transmitido intacto. Lo que digo es que a lo largo de más de dos siglos los arquitectos culturales estadounidenses (sus políticos, periodistas, novelistas, artistas y etcétera) han tramado una fantasía que la América post-revolucionaria ha querido creer desesperadamente: el mito de una nación de salvadores, es decir el mito de unos EE UU invencibles. Es ese mito el que la cultura americana revivió tras el 11-S. No hablo de una especie de síndrome de memoria recuperada; los americanos no han recordado el trauma original. Estoy hablando de una herencia cultural tangible, una visión del mundo cuyas instrucciones se heredan y que se plasma en las noticias, las novelas, los guiones de cine…

Mientras leía su libro tenía un ojo puesto en el capítulo de La tabla rasa que Steven Pinker dedicó a las cuestiones de género. En su opinión, ¿puede un mito superponerse a miles de años de evolución genética? ¿O puede ser que determinados mitos se transmitan a lo largo de generaciones porque reflejan en cierta manera la realidad?

La psicología evolutiva se presta a malinterpretaciones por parte de aquellos que creen que la cultura no tiene ningún rol. Interpretado correctamente, los mitos no tienen nada a lo que superponerse. Sea lo que sea que está determinado, todavía queda un enorme espacio libre para las diferentes maneras que tenemos de interpretar nuestro abolengo genético.

¿Pero no son las reacciones políticas y culturales al 11-S sólo lo que podríamos esperar de las diferencias genéticas entre hombres y mujeres?

Nuestros genes no son tan diferentes, no somos especies separadas. A pesar de que hay obvias diferencias innatas entre géneros, atribuir nuestras reacciones a la biología es una manera de evitar forcejear con el significado de esas reacciones. Con toda seguridad, diferentes culturas en diferentes periodos históricos habrían respondido de manera diferente a esos mismos hechos.

¿Qué pensó cuando vio las fotos de la soldado Lynndie England posando junto a prisioneros iraquíes desnudos?

Pensé que era horrible, por supuesto. Es interesante el hecho de que Lynndie England fuera utilizada por los mismos conservadores que creen que los hombres y las mujeres son innatamente diferentes para decir “¿veis?, ¡las mujeres son iguales que los hombres!” Pero lo que me preocupa no es el comportamiento privado de Lynndie England o Jessica Lynch, la otra soldado americana convertida en un símbolo de la guerra de Irak, pues esos comportamientos son inherentemente individuales, sino el modo en que la cultura llegó a un consenso acerca de lo que esos comportamientos significaban. En el marco cultural adjudicado a esas dos mujeres, England acabó siendo la otra cara de la moneda de Lynch. El mensaje que recibimos fue “es antinatural que las mujeres vayan a la guerra pues se convertirán en víctimas violadas o en machorras monstruosas”. En ambos casos se profana, supuestamente, su feminidad.

Cito literalmente de su libro: “Si aquel día [el 11-S] había en las torres entre 16.000 y 18.000 personas, el 95% de las víctimas falleció en los pisos superiores, sin posibilidad de rescate, y casi todas las personas que estaban en las plantas inferiores se salvaron solas, sin ayuda de personal uniformado. La triste verdad es que el coste humano habría sido menor si los bomberos no hubieran entrado (murió el triple de bomberos que de oficinistas en los pisos situados por debajo del impacto de los aviones)”. ¿Pero cuál habría sido su decisión al respecto si usted hubiera tenido que decidir algo así? ¿Y cómo la habría juzgado Susan Faludi?

No estoy diciendo que los bomberos no deberían haber entrado en el edificio, ni que no fueran valientes al hacerlo. Estoy diciendo que fueron traicionados por las autoridades, que rechazaron darles el poder de decisión, el equipo y las herramientas que los bomberos llevaban años reclamando para poder hacer su trabajo de forma efectiva y segura. Estoy depreciando el estatus de héroe que los políticos les otorgaron como sustitutivo de la ayuda que esos bomberos necesitaban y pidieron tras los ataques del 11-S.

¿Por qué decidió escribir un libro sobre el 11-S desde una perspectiva de género?

Porque durante los días y las semanas posteriores al 11-S los medios americanos y la cultura política se sumergieron en una histeria de género. Sufrimos una inundación de artículos y reportajes televisivos sobre cómo los ataques iban a devolvernos al hombre de toda la vida y dar pie a un boom de matrimonios, a un boom de la natalidad, a una vuelta a la mujer ama de casa e incluso a un interés renovado por las máquinas de coser y los moldes para pasteles de carne. Además de provocar la muerte del feminismo, claro. Mientras tanto, teníamos esa retórica de cowboy saliendo de la Casa Blanca, apoyada por un coro de expertos de los medios de comunicación que saludaban el retorno de John Wayne y el heroísmo del macho de la frontera. Y esta bizarra respuesta al 11-S pedía a gritos un análisis.

¿Por qué cree usted que la perspectiva de género es adecuada para analizar no el terrorismo islamista en sí, algo con lo que yo podría estar de acuerdo, sino la respuesta estadounidense a ese ataque? Con todo el respeto, ¿no es eso buscarle tres pies al gato?


Es interesante que creas que la perspectiva de género se puede aplicar a los terroristas pero no a la sociedad que ha sido atacada. Eso es exactamente lo que los medios americanos decían: estaban ansiosos por relatar cómo los terroristas se vieron impelidos al ataque por el miedo a su propia falta de masculinidad, pero cerraron los ojos ante los vacíos golpes de pecho de la administración Bush y sus expertos. El género es una fuerza básica en todas las sociedades, y determina cómo reaccionamos a diferentes cosas, desde las angustias económicas hasta los acontecimientos políticos o la guerra. Cuando pasa desapercibido, se necesita señalar que nuestra sociedad es esclava de fuerzas que niega y que no comprende. Y a algunos les incomoda escuchar eso, lo que nos coloca en un aprieto a aquellos que señalamos este tipo de comportamientos, pues somos acusados de buscarle tres pies al gato por los mismos que creen que no hay gato alguno. Además, ¿por qué te sientes cómodo pensando que las diferencias entre sexos son innatas e inmutables, pero incómodo pensando que el género tuvo algo que ver con la crisis?

¿Cree que los ciudadanos europeos habrían reaccionado de forma diferente a un ataque como ese?

Los ciudadanos europeos y sus gobiernos reaccionaron diferente en España e Inglaterra, tratando los atentados terroristas como asuntos criminales que requerían una respuesta racional, práctica y táctica. Las autoridades de esos países se concentraron en perseguir y procesar a los culpables, no en apuntarse, como hicieron los medios americanos, a una histérica respuesta psicosexual a la supuesta emasculación de la cultura nacional. O fíjate en la India, donde la respuesta inmediata del gobierno fue sofocar la búsqueda de un chivo expiatorio interno, señalando a un enemigo externo. Todas estas respuestas fueron más sofisticadas y obtuvieron mejores resultados que la de los EE UU. Creo que esas diferencias ponen de relieve lo inmunes a los ataques en su propio suelo que han sido las generaciones más recientes de los EE UU.

¿Ha cambiado de idea durante los dos últimos años respecto a algo de lo que señala en el libro?

No. Si acaso, la evolución de los hechos durante estos años ha reafirmado mis ideas.

¿Ni siquiera una crítica que le haya hecho pensar “OK, quizá me equivocaba en esto”?

En realidad, no. Muchas de las críticas en los EE UU han sido poco profundas o se alejaban del tema del libro. Mi esperanza era que el libro iniciara una debate positivo, pero dado nuestro déficit de atención y nuestra cultura mediática eminentemente defensiva, eso era probablemente pedir demasiado.

Se me hace difícil creer en la existencia de una conspiración para redomesticar a las mujeres aprovechando los atentados del 11-S. ¿Cómo se organiza en la práctica una conspiración de este tipo?

Nunca he dicho que fuera una conspiración. De hecho, dije claramente que no había una conspiración y que este no era un libro sobre lo que la cultura post-11-S le había hecho a las mujeres o a los hombres o a cualquiera. Si hubiera una conspiración de ese tipo sería muy fácil encontrar a los conspiradores y dejarlos fuera de juego. Mi libro trata de cómo las ideas culturales se convierten en dominantes en ausencia de una conspiración, y de cómo se debe buscar en la mitología cultural y en la historia para comprender las respuestas culturales a una crisis.

¿Ha leído el libro La paradoja sexual, de Susan Pinker?

No.

¿Cuál habría sido su respuesta al 11-S de haber estado en la posición del presidente Bush? Cito literal de una entrevista en The Guardian: “Creo que la solución es, de hecho, hablar más del problema antes de empezar a moverse”.

Deberías releer la entrevista del Guardian. Claramente, no estaba defendiendo una respuesta militar vacilante al 11-S, y de hecho ni siquiera estaba hablando de respuestas militares. Lo que decía es que América, como cultura, no había profundizado en la naturaleza problemática de su respuesta cultural doméstica al 11-S. En cuanto a la respuesta militar al 11-S, creo que estaremos de acuerdo en que invadir Irak no fue una victoria contra el terrorismo y en que no salvó vidas, sino más bien lo contrario.

En la misma entrevista: “Obama será considerado [por los conservadores] como ese escuálido chico que no es lo suficientemente macho como para enfrentarse al enemigo”. ¿Ha cumplido Obama las expectativas en ese sentido?

En esa entrevista hablaba de cómo los conservadores y los medios de comunicación retratarían a los candidatos de acuerdo a esos mitos de género. Y lo que dije se ha cumplido, ciertamente. Durante la campaña y después de ella. Fíjate en la retórica de campaña de los expertos y de otros políticos, que llamaban a Obama de todo, desde “pusilánime” a “gallina” o “afeminado”. Y eso es lo que subyace en los recientes ataques de Dick Cheney a Obama, sin que se haga referencia a que los terroristas yemeníes en cuestión fueron liberados de la prisión de Guantánamo por la administración Bush-Cheney. De hecho, este mismo día en el que respondo a tus preguntas puedes encontrar un largo artículo en la sección de opinión del New York Times titulado Captain Obvious Learns the Limits of Cool (“el Capitán Obvio aprende los límites de la serenidad”). La columnista del Times Maureen Dowd castiga a Obama por no hablar firmemente y por no actuar como el padre fuerte que protege el hogar de los invasores.

¿Está de acuerdo con la tesis de que existen líderes políticos con valores femeninos (Obama, Zapatero, Bachelet, Lula) y otros con valores masculinos (Bush, Thatcher, Merkel, Sarkozy)?


No.

 

Written by cristian campos

15 septiembre, 2011 at 7:00

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Entrevista con Judith Rich Harris

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(Entrevista publicada previamente en Factual y en Tercera Cultura)

 

¿Cuál es la influencia de los padres en el comportamiento de sus hijos cuando estos se encuentran fuera del área de influencia del hogar familiar? Según la psicóloga estadounidense Judith Rich Harris, ninguna. No mínima o anecdótica o insignificante: nula. Por algo se la considera como una peligrosa radical a raíz de la publicación en 1999 de su libro de culto El mito de la educación.

He aquí una verdad irrefutable: los niños se parecen a sus padres. Sin llegar a comportarse como dos gotas de agua, padres e hijos tienen bastantes probabilidades de puntuar de forma similar en los tests de personalidad al uso, si descontamos el ruido provocado en los resultados por la evidente diferencia en madurez psicológica. Pero la discusión empieza cuando se intenta averiguar el porqué de esa similitud.

La explicación popular, que coincide con la de buena parte del establishment académico y con los dogmas de lo políticamente correcto, es que esa semejanza se debe a la influencia de los padres. A fin de cuentas, ¿quién ha acompañado día a noche a ese niño durante los primeros años de su vida? Según la psicóloga estadounidense Judith Rich Harris (1938), esa similitud se debe casi por completo a la herencia genética. Pero no es esa la afirmación más polémica que Rich Harris incluyó en su libro de culto El mito de la educación (publicado en España en 1999 por la editorial Grijalbo). Si por algo se la considera una extremista es por su teoría de que la influencia de los padres en el comportamiento de sus hijos fuera del hogar familiar es, lisa y llanamente, nula. Zero. Nil. Nothing. Niente. Cero. Por lo que respecta al comportamiento de los niños en la escuela, en la calle y en cualquier otro ámbito que no sea el comprendido entre las cuatro paredes de su casa, da igual que estos convivan con sus padres o con una etiqueta de Anís del Mono. Y lo mismo ocurre con la personalidad del adulto en el que esos niños se convertirán con el tiempo. A la pregunta de ¿quién o qué influye entonces en la personalidad de esos niños cuando se encuentran fuera de la influencia del hogar familiar?, la respuesta de Judith Rich Harris es “sus coetáneos”, es decir amigos, conocidos y saludados de su misma generación.

El mito de la educación, del que ahora se publica en los EE UU una edición revisada, tiene su origen en un artículo publicado en la revista Psychological Review en 1995. El artículo recibió el premio George A. Miller que otorga la American Psychological Association a los trabajos de reconocida relevancia. Prueba, por cierto, de que la justicia poética existe: el George Miller del premio es el mismo profesor universitario que 37 años antes expulsó a Judith Rich Harris del Departamento de Psicología de la Universidad de Harvard. Steven Pinker prologó la primera edición del libro, que se encuentra descatalogado en España.

En la actualidad, Judith Rich Harris se dedica a “contestar cuestionarios como el tuyo. Cuando acabe con tu entrevista tengo que responder una lista de preguntas igual de larga de un periodista polaco. Pero al margen de eso, acabo de terminar de escribir uno de los capítulos de un libro editado por dos psicólogos evolucionistas, y estoy empezando a escribir otro capítulo que aparecerá en el libro de un criminólogo”.

 

¿Hasta qué punto las investigaciones en genética, neurología y ciencia cognitiva de la última década han confirmado las tesis avanzadas en El mito de la educación?

De acuerdo a mi teoría, hay dos elementos que modelan la personalidad de los niños a largo plazo: los genes que heredan de sus padres y sus experiencias fuera del hogar. Los niños se parecen algo a sus padres en personalidad, habilidades y actitud, pero eso se debe básicamente a la herencia, es decir a la influencia genética en esos rasgos. Así que, con el objetivo de confirmar o refutar mi teoría, las investigaciones deberían poder controlar o descartar de la ecuación esas influencias genéticas. Cuando eso se consigue, los resultados han coincidido en general con mi teoría. Por ejemplo, algunos investigadores de los EE UU han estudiado cómo los niños pequeños adquieren el autocontrol que necesitan para comportarse correctamente en la escuela. Cuando los investigadores se centraron en la influencia de los genes en el comportamiento de los niños, encontraron que las enseñanzas de los padres no tenían ningún impacto en cómo se comportaban aquellos en la escuela. Lo que sí influía era cómo se comportaban en clase el resto de los niños.

En relación a la neurología y la ciencia cognitiva, los investigadores en el terreno de la neurociencia cognitiva han respaldado mi teoría de que las relaciones personales son procesadas en un área del cerebro diferente al área que se ocupa de los elementos grupales, como por ejemplo el hecho de convertirse en miembro de un grupo o el de clasificar a la gente en función de su identidad grupal. Estos mismos investigadores han descubierto que el hemisferio derecho del cerebro es mejor identificando individuos, mientras que el hemisferio izquierdo es mejor en lo que ellos llaman representaciones grupales.

¿Han cambiado en algo sus ideas a lo largo de los últimos años?

Mi teoría se ha desarrollado durante los últimos años, pero la conclusión básica sigue siendo la misma. La última versión de la teoría, descrita en mi segundo libro, No Two Alike, responde a una pregunta para la que la teoría original no tenía una buena respuesta: ¿por qué los gemelos idénticos (monocigóticos o univitelinos) que han crecido en una misma casa, que van a la misma escuela y que a menudo pertenecen al mismo grupo de amigos, difieren tanto en su personalidad?

¿Qué ha revisado entonces en la edición revisada de El mito de la educación?

La nueva edición tiene una nueva introducción, en la que explico brevemente cómo ha progresado mi teoría desde que se publicó la primera edición del libro. También incluye un nuevo apéndice en el que hago comentarios, favorables y desfavorables, sobre algunas de las investigaciones de la última década. Además, hay algunas pequeñas correcciones en el texto, y algunas referencias y notas finales añadidas. Pero no he intentado abarcar todo lo que ha pasado en el terreno de la psicología del desarrollo durante este tiempo, porque eso ya lo he hecho en No Two Alike.

Su libro y La tabla rasa de Steven Pinker tienen algo en común: ambos provocan reacciones de rechazo visceral entre los defensores más radicales de la teoría de la influencia ambiental, e incluso entre el público lego. ¿A qué se debe? ¿Qué tabú han roto estos dos libros?

En estos libros se atacan algunos mitos culturales muy apreciados, creencias poderosas que arraigaron en la cultura europea y americana a mediados del siglo anterior. Al afirmar que los niños no son bolas de plastilina modeladas por sus padres, Steven Pinker y yo misma estamos desafiando algunas convicciones ampliamente compartidas. Muchos psicólogos del desarrollo han dedicado toda su carrera profesional a la tarea de demostrar cómo los padres modelan a sus hijos, y aquí estoy yo, que ni siquiera pertenezco a la aristocracia académica, diciéndoles: “déjalo ya, tus investigaciones tienen muchos puntos débiles y no demuestran nada de lo que tú crees”.

¿Por qué cree que resulta tan difícil aceptar algunas ideas que parecen coincidir con el sentido común: las mujeres y los hombres son diferentes, los amigos influyen más en los niños que sus propios padres…? ¿Se debe quizá a que la realidad y el sentido común chocan con los dogmas de lo políticamente correcto y con una idea infantil y beata de la naturaleza humana?

En el caso de la afirmación “los hombres y las mujeres somos diferentes” creo que la culpa es de la corrección política. En el caso de la influencia parental, hay otros factores involucrados. En primer lugar, algunos de los procesos mentales que controlan nuestro comportamiento social son inconscientes: los niños no son conscientes de ellos mientras suceden y no los recuerdan posteriormente, pero sí recuerdan a sus padres. En segundo lugar, la gente infravalora la influencia de los genes. Ven que los bebés tienen una personalidad determinada desde muy pequeños (son audaces o miedosos, por ejemplo), así que atribuyen esos rasgos a algo que supuestamente les pasó cuando eran incluso más pequeños. ¿Y quién estaba a su lado cuando eran muy, muy pequeños? Sus padres, por supuesto.

Ligado con la pregunta anterior, ¿por qué la psicología popular y la académica suelen diferir tanto?

Bueno, en ciertos aspectos coinciden al 100%. Muchos psicólogos populares creen fuertemente en la influencia parental, al igual que muchos psicólogos académicos. Steven Pinker es una rara excepción a esa regla.

¿Cuáles son, o deberían ser, las implicaciones políticas de su teoría?

Debería culparse menos a los padres y poner más énfasis en dos cosas que yo creo que son muy importantes para los niños: la escuela y la estabilidad. Es perjudicial para los niños moverlos demasiado, de un barrio a otro o de una escuela a otra. El divorcio es en buena parte malo para los niños porque destroza la estabilidad de sus vidas fuera de la familia.

¿Me equivoco si digo que su libro parece ser más popular entre los hombres que entre las mujeres? ¿A qué se debe?

Bueno, si he de juzgar por las cartas que recibo de los lectores, parece que el libro gusta más a los hombres. Quizá las mujeres están más involucradas en la maternidad que los hombres en la paternidad. A ellas no les gusta oír que son menos importantes para sus hijos de lo que creían. Yo pensaba que a las madres les gustaría que les dijeran que no tenían por qué sentirse culpables por los fallos de sus hijos, pero eso implica que tampoco pueden atribuirse sus méritos.

¿Tratan los padres de forma diferente a los primogénitos que al resto de sus hijos? ¿Tiene eso alguna influencia en los niños?

Oh, sí, definitivamente los tratan diferente dependiendo, entre otras cosas, del orden en el que han nacido. Y sí, eso tiene una influencia mesurable en cómo se comportan esos niños en casa o en presencia de los miembros de la familia. Pero no tiene una influencia relevante en cómo se comportan los niños fuera de su casa, en presencia de sus amigos. Y tampoco tiene una influencia significativa en cómo responden, de adultos, a los cuestionarios de personalidad. Los estudios que usan tests estándar para determinar la personalidad no han encontrado diferencias entre primogénitos y segundos y terceros hijos.

¿Tienen los niños maltratados más posibilidades de ser adultos violentos?

Esa es una pregunta sorprendentemente difícil de contestar, porque muchas de las investigaciones que se han hecho al respecto son inútiles por dos razones. En primer lugar, muchos investigadores no detectan las influencias genéticas en el comportamiento. Las personas agresivas tienen más probabilidades de pegar a sus hijos, así que los niños maltratados pueden haber heredado la agresividad de sus padres. En segundo lugar, muchos investigadores no tienen en cuenta que los niños se comportan de forma diferente en entornos diferentes. Un niño que se porta mal en casa puede portarse bien en el colegio, o viceversa. Así que un estudio que investigue los efectos del maltrato centrándose sólo en cómo se comporta ese niño en casa, o que sólo le pregunte a sus padres, no es informativo. Los pocos estudios que se han fijado en cómo se comportan los niños fuera de su casa, de acuerdo a lo que dicen por ejemplo sus profesores, sugieren que el hecho de ser maltratado no tiene ningún efecto en cómo se comporta el niño en la escuela.

Los padres suelen estar expuestos a decenas de teorías pedagógicas  que les dicen cómo comportarse para que sus hijos sean más inteligentes, o tengan mejores modales, o sean más respetuosos. Pero los niños de hoy en día no parecen especialmente mejores (o peores) que los de hace 50 años. ¿Por qué se sigue entonces a) dando consejos que no funcionan, y b) haciendo caso de esos consejos?

¡Muy buena pregunta! Siempre hay expertos que se ganan la vida aconsejando a los padres, pero los consejos que dan cambian con los años. Yo nací en 1938, una época en la que la paternidad y la maternidad eran muy diferentes de lo que son ahora. Los padres de los años 30 y 40 no se preocupaban de la autoestima de sus hijos: les preocupaba la posibilidad de que prestarles demasiada atención los malcriara y los convirtiera en niños consentidos. Los padres no se preocupaban demasiado por los deberes escolares de sus hijos; ese era el trabajo de los profesores, no el suyo. Y el castigo físico era pura rutina. Los padres jugaban sólo un pequeño papel, si lo jugaban, en el cuidado de los niños: su principal función era administrar la disciplina. A pesar de los importantes cambios que se han producido recientemente en el papel de los padres, la gente es igual que siempre. A pesar de todo el afecto y la atención que los niños reciben hoy en día, tanto por parte de padres como de madres, no son menos depresivos o demuestran una mayor autoestima que hace años. A pesar del descrédito del castigo físico, no son menos agresivos. Estos hechos son una prueba apabullante de que mi teoría es correcta.

El mito de la educación se centra básicamente en el lenguaje, que usted considera una prueba irrefutable de lo acertado de su teoría, pero el lenguaje es una característica 100% ambiental. ¿Qué ocurre cuando se aplica su teoría a otras características que no son 100% ambientales?

El lenguaje es un buen ejemplo de cómo funciona mi teoría precisamente porque es una característica 100% ambiental. El idioma que hablamos, al igual que nuestro acento, es totalmente ambiental, totalmente aprendido. Nadie hereda una predisposición a hablar español o inglés. Nadie hereda el acento de una región particular o de una clase social determinada. Y cuando te fijas en el lenguaje, se ve exactamente lo que predice mi teoría. Los hijos de los inmigrantes, incluso aunque hablen la lengua de sus padres en casa, utilizan el idioma local fuera de ella. Lo hablan además con el mismo acento que sus coetáneos, sin rastro alguno del acento de sus padres.

Pero para muchas otras características, la herencia juega un rol. Si nos fijamos por ejemplo en la actitud respecto a la política o la religión, encontramos que los niños se parecen a sus padres. Pero eso se debe a que esa característica es, en parte, genética. Bueno, no la actitud en sí, sino la personalidad que conduce a esas actitudes. La existencia de influencias genéticas hace mucho más difícil determinar qué es exactamente lo que está pasando. Hacen falta métodos de investigación especializados para separar el grano de la paja.

Si su teoría es cierta, ¿qué pueden hacer los padres para que sus hijos sean más inteligentes?

Enviarlos a una escuela donde se potencien y se disfrute de las actividades intelectuales, y donde los niños que destacan académicamente sean admirados en vez de humillados.

¿Cuál es la crítica a su libro que ha resultado más difícil de contestar? En otras palabras, doce años después de la primera edición de su libro, ¿ha encontrado algún punto débil en él?

La crítica más difícil es la que me acusa de ser una extremista. Lo que yo digo no es que los padres tengan menos influencia de lo que se piensan: digo que los padres no tienen ninguna influencia en absoluto en cómo se comportan sus hijos fuera de casa o en su personalidad adulta. Cuando escribía El mito de la educación pensaba que esa posición sería difícil de defender. Pensaba que los psicólogos del desarrollo saldrían con algún tipo de evidencia que yo no podría refutar y que demostraría que los padres tienen al menos una pequeña influencia. Para mi sorpresa, no han conseguido hacerlo. Ha habido muchos estudios e investigaciones, pero todos los que dicen haber encontrado algún tipo de influencia parental tienen algún defecto; su método de investigación muestra siempre algún punto débil. Y los estudios que han utilizado métodos más apropiados apoyan en general mi teoría.

Desde el punto de vista evolutivo, ¿por qué los niños prefieren la influencia de sus compañeros a la de sus padres?

Por dos razones. En primer lugar, la niñez prepara para la vida adulta, y las personas que tienen éxito no pasan su vida adulta con sus padres. Su futuro es su propia generación. En segundo lugar, en todas las sociedades, los niños y los adultos se comportan de manera diferente; para decirlo en términos técnicos, pertenecen a categorías sociales distintas. Esto significa que los niños no pueden aprender a comportarse correctamente imitando a sus padres. Un niño que se comporte como un adulto parecerá bastante anormal.

¿Qué le contesta usted a los padres que le preguntan cómo educar a sus hijos si su influencia en ellos va a ser mínima o nula?

Los padres tienen una influencia importante en cómo se comportan sus hijos en casa. El trabajo de los padres es darle a sus hijos un hogar seguro y feliz.

¿Podría mencionar los tres libros sobre la naturaleza humana que, en su opinión, deberían ser leídos por todo el mundo?

La tabla rasa de Steven Pinker, Personality: What Makes You the Way You Are de Daniel Nettle, y Mistakes Were Made (but Not by Me) de Carol Tavris y Elliot Aronson.

 

Written by cristian campos

4 septiembre, 2011 at 7:00

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